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Pop Rock en el Central
22, 23 y 24 de mayo de 2003 Teatro Central (Sevilla)

Por Paco Camero M.- IndyRock

Byrne / Russian Futurists



Palabras como dardos / La alquimia del ruido
El arranque de la edición del año 2003 del ciclo Pop Rock en el Central presentaba dos propuestas emanadas de la visceralidad, en el caso de la bostoniana Thalia Zedek a través de su personalísimo universo de desolaciones y quebrantos, en el de Manta Ray merced a sus descargas furiosas y crudas de electricidad a medio camino entre el sonido alemán del krautrock y la rabia hardcore de Washington D.C., sobre todo tras la publicación de "Estratexa", el último disco de los asturianos, con diferencia el más crudo de su discografía. Tras abandonar Come, una banda que va camino (si no lo es ya) de hacerse legendaria, sobre todo para entender cierto tipo de rock de los noventa, Zedek se deshizo de las embestidas eléctricas que fraguaba junto a su compañero Chris Brokaw para adentrarse en unas composiciones acaso más sutiles aunque no menos contundentes (al menos emocionalmente). En Sevilla se presentó acompañada del extraordinario batería Daniel Coughlin, de David Michael Curry, sin cuya viola las canciones de Thalia Zedek sería bien distintas, y del español Nacho Vegas a la guitarra. En la hoja promocional del festival se compara la música de la norteamericana con la de los Dirty Three, ese imponente combo de rock instrumental en estado de gracia del que forma parte el violinista Warren Ellis, con quien Nick Cave ha contado en sus últimas entregas. Y vamos a topar aquí con otra (recurrente) influencia de Zedek, la del gigante australiano. No en vano, en multitud de reseñas se habla de ella y de su grupo como unos Bad Seeds en clave femenina (aunque, por otro lado, no sabía yo que la música tiene género). En cualquier caso, es en ese terreno en el que conviven el rock, el folk y el blues donde se mueve a sus anchas y magistralmente la ex Come, eso sí, redefiniendo en cada canción los límites de los géneros a través de su óptica. Y por último, cómo no hacer referencia a la voz de Zedek. Se rompe, se enrabieta, llega sincera y cruda, te acaba provocando un pellizco en el estómago (fabulosa "Excommunications", igual que "You´re a big girl now", de Dylan). En resumen, una voz que sale de las heridas para, inevitablemente, acabar hurgando en ellas.
Y a continuación, Manta Ray, con cuyos miembros mantiene Zedek una buena amistad. Comenzaron su actuación con "Take a look", el hipnótico tema que abre "Estratexa". Sin ser en absoluto unos virtuosos, los asturianos demostraron una pericia instrumental sólida y eficaz. Hubo lugar para momentos introspectivos y pausados (básicamente aquellos en los que tocaron temas de su discografía anterior, como "Esperanza", mucho más pausado que su último trabajo), pero la mayor parte de su concierto sonó rabiosamente eléctrico. Hay quien les discute el trono de maestros del ruido, pero lo cierto es que Manta Ray se sirve de él como pocos grupos en España. Crean atmósferas saturadas hasta el paroxismo ("Take a look", "Estratexa") en las que se disparan como cañonazos los samples, los guitarrazos convulsos (qué tremenda la oscuridad de "Qué niño soy") y unos ritmos de batería frenéticos, matemáticos, arrolladores. A veces la perfección de sus composiciones recordaron a la frialdad (sólo aparente) del krautrock, otras a la fiereza de Fugazi. Puede que el recital se mostrase irregular, pero el balance arrojó un resultado favorable. Aunque ésta no era precisamente la primera visita de Manta Ray a la ciudad, por estos pagos no es muy frecuente disfrutar de este tipo de rock (al que le puede poner el "post" delante) valiente, cerebral y, por qué no, vanguardista. Y en el páramo musical que casi siempre es Sevilla eso se agradece.

Lo mejor, el otro sonido de Bristol
La segunda jornada del ciclo, dedicada al sello sevillano Green UFOs (que está preparando ya las celebraciones de su décimo cumpleaños), estuvo caracterizada por propuestas radicalmente distintas entre sí. Abrió el cartel The Russian Futurists, o lo que es lo mismo el canadiense Matthew Adam Hart, quien con sólo dos discos publicados, "The Method of Modern Love" y "Let´s ready to crumble", ha recibido ya el favor de la crítica especializada. De Leonard Cohen y Stephin Merrit, con los que se le compara, el que escribe no vio ni rastro, la verdad, ni siquiera por el romanticismo de sus canciones. Lo que si quedó claro fue la facilidad con la que el joven músico consigue melodías de electrónica naïf puramente pop que en algunas ocasiones recordaron a las de los Beach Boys o a las de The Human League. 
Morning Star es el proyecto del británico Jesse Vernon, inmiscuido en la escena de Bristol (ésa que popularizó e hizo grande el trip hop gracias a nombres como Portishead, Alpha, Tricky o Massive Attack), amigo y colaborador de Jim Barr, bajista de los citados Portishead. Como un particular caso de Dr. Jeckyll fascinado por las máquinas y la electrónica crepuscular, en Mornig Star hay un Vernon/Mr. Hyde subyugado por una de las raíces más poderosas de la música popular del siglo XX, el folk. Nada de samples, ni de dub, ni de brumas electrónicas bristolianas. Dicen que "My place in the dust", el segundo (y último) de los discos de Vernon en su faceta de crooner, cautivó de tal manera a John Parish, uno de los productores más reputados y reclamados, que acabó asumiendo su producción y alguna que otra colaboración en el estudio. Sin duda alguna, Mornig Star fue lo mejor de la noche, y uno no entiende por qué no encabezaron el cartel y gozaron de más tiempo. Aunque es usual que la banda de Vernon en directo esté compuesta por seis o siete músicos, en el Teatro Central se presentó únicamente con un batería y una bajista (que reconoció tras la actuación que era prácticamente la primera vez que tocaban juntos). Los tres, liderados por un Vernon simpático y afable ("esto es el sonido Bristol", bromeó a propósito de una canción que comenzaba, efectivamente, con sonidos lánguidos y oscuros y una batería susurrante), recrearon la pasión del inglés por Tim Buckley (el padre del hijo, Jeff), por el rock and roll de los años cincuenta, por Bob Dylan, Woodie Guthrie... en resumen, por el folk melódico y profundo. Fue el otro sonido de Bristol, un sonido elegante y poético. Grande. Muy grande. 
Después de leer elogiosas críticas del disco de debut de Byrne, el cuarteto londinense que cerró la jornada del viernes, uno se enfrentaba a su concierto desde el desconocimiento pero expectante. El sabor de boca al final del mismo era nítido, sabía a fiasco, o peor aún a indiferencia, al aburrimiento que provoca algo soso. A medida que avanzaba su repertorio, menos se entendía la propuesta de Byrne. Lo mismo su líder Patrick Byrne se sentaba al piano para interpretar un tema con vocación reflexiva e intimista (es un decir) y resabios de un compendio desafortunado de los peores tics del britpop (mejor olvidar los momentos en que parecían querer acercarse a un cruce entre Radiohead y Coldplay) que se arrancaba acto seguido con una canción con estructura facilona de hit, por lo fácilmente coreable de sus estribillos, entre otros motivos (como ese pastelón llamado "Prayer" que apunta a una retórica épica muy, muy mal digerida). Pero lo peor de todo fue la sensación de indefinición: es que parecía que ni ellos sabían por qué camino tirar. Puede que el disco (que no he escuchado) sea realmente bueno. En ese caso, el problema de Byrne está en el directo. En ese terreno suenan (aun a riesgo de sonar pedante) convencionales, muy convencionales. 
La jornada se completó con una sesión del irlandés David Holmes en la sala Weekend (las entradas del ciclo incluían una invitación para asistir el viernes o el sábado). El bueno de Holmes tuvo que lidiar toda la noche con los irritantes problemas de sonido del local, tanto que varias veces su rostro se convirtió en un poema de cabreo e impotencia. En cualquier caso, la iniciativa fue todo un gesto por parte de la organización del ciclo, pues disfrutar de la enciclopédica colección de discos de David Holmes es un auténtico placer. Se destaca su maleta cargada de vinilos excepcionales porque eso es lo que hace interesante su espectáculo, no precisamente su habilidad para pinchar, que mucha no tiene. Hubo mucha música de baile, hip hop, electro, mucho soul y funk sudoroso, y amancebados con ellos versiones de Jimmy Hendrix, Beach Boys, The White Stripes, Beatles, Missy Elliot, Led Zeppelin... Diversión de la buena en una noche que en el Central, sólo al final, se torció un poco. 

La noche post
Godspeed You! Black Emperor (GY!BE) era el plato fuerte de la jornada y diría que incluso del ciclo. Mucho más cercanos al concepto de colectivo musical que al de mera banda, los canadienses son casi con toda seguridad el grupo más reverenciado (y de culto) de todos los nombres que practican eso que se ha dado en llamar postrock. O lo que es lo mismo: una especie de cajón de sastre en el que, contempladas desde un formato rock, caben la música clásica contemporánea (en el caso de GY!BE, Erik Sátie, Bela Bártok, incluso Morricone), la experimentación sonora, el impresionismo y otras manifestaciones sonoras. Concretamente, GY!BE recuerdan, más en vivo que en estudio, al rock progresivo de los años setenta, merced a esas atmósferas tan características que van evolucionando en manos de una formación en la que se reúnen dos bajos, dos baterías, tres guitarras eléctricas, un cello y un violín. Cómo no mencionar los épicos y legendarios crescendos de los canadienses, ésos que por momentos llegan a crear angustia cuando parece que la música no rompe, ésos en cuyo clímax se experimenta lo más parecido a una liberación eufórica. Sobre una pantalla se sucedieron unas proyecciones (imprescindibles en sus conciertos, pues no en vano las composiciones de GY!BE tiene también algo de bandas sonoras poéticas y oscuras) que captaban la atención de manera hipnótica. Enorme concierto, enorme espectáculo tocado ora por la sutileza de las cuerdas y de los silencios, ora por el impacto tremendo y furioso de las epilépticas y abrumadoras descargas eléctricas. Sólo una pega, y da casi pena poner alguna: en algunas ocasiones la sonorización no fue la adecuada (las baterías, por ejemplo, se perdían casi siempre entre la maraña de las guitarras). 
Antes de que tocaran Godpeed You! Black Emperor lo hicieron Hangedup, un grupo con el sello de Constellation (el mismo que el de sus compañeros de actuación) marcado en la frente. Con Gen Heistek a la viola y Eric Craven a los tambores, el grupo de Montreal, a pesar de los (en principio, sólo en principio) limitados recursos instrumentales que permiten dos instrumentos, explora el universo postrock a través de pautas minimalistas y en algunos momentos con un sonido arrollador que vendría a representar algo así como la parte punk del postrock. Protagonizaron una corta actuación que dejó con la miel en los labios al respetable (que por cierto llenaba el aforo), pues aunque su propuesta está en las antípodas de lo convencional y de lo fácilmente digerible, aprovecharon magistralmente su casi media hora para sorprender y agradar con el único concurso de una viola y de un baterista excelente y personal que rozó por momentos la absoluta genialidad parapetado tras un instrumento al que le quedó muy pocos ritmos por sacar. 



http://www.teatrocentral.com/


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