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Edición 2009

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Edición 2008

Festival Jazz en la Costa,  crónicas por Enrique Novi /Terence Blanchard, Bettye LaVette,  Toto Bona Lokua, Ivan Lins All Stars con Nnenna Freelon, Roberto Fonseca
Sergio Pamies , Dianne Reeves, Avishai Cohen y  Spyro Gyra
 



Festival Internacional de Jazz de Granada
2012 
Jorge Pardo Sexteto Huellas 
Omar Sosa & Paolo Fresu 
Miles Smiles

Jorge Pardo Sexteto Huellas 
sábado 10 de noviembre 2012 Teatro Isabel la Católica Granada
La tercera vía
por Enrique Novi


El idilio entre el jazz y el flamenco viene de lejos y su historia común está firmemente enraizada desde hace ya tanto tiempo que sus frutos no pueden suponer ninguna sorpresa para nadie. En esa tercera vía que es la fusión de ambos estilos para crear uno nuevo que no es ni el uno ni el otro, Jorge Pardo ocupa un lugar preferente, pues junto a otros pioneros estuvo allí desde los inicios para darle la forma que ha adquirido. Por fin tratado a la altura de su talento con el encaje de su actuación en el programa central, sobre el escenario del Isabel la Católica, y en sábado noche, Jorge apareció solo calentando su flauta con guiños fallescos, para de inmediato acometer junto al cajón de José Ruiz Bandolero una intro que desembocó en los primeros compases de Huellas, el tema que da título a su último trabajo y al sexteto que venía a presentar. 

Además de Jorge y El Bandolero a la batería, lo completaban Josemi Carmona a la guitarra flamenca, Pablo Báez al contrabajo, un muy aplaudido Arturo Serra, fantástico con la marimba y el vibráfono, y Julián Sánchez a la trompeta. Con una sentida referencia a Morente y a su indomable ideario, continuó el madrileño con El faro, para el que cambió el saxo alto de nuevo por la travesera y que permitió la primera exhibición de Arturo Serra. Las habilidades del valenciano volvieron a despertar la admiración del respetable en Zapatito. Pardo se colgó entonces el saxo tenor para interpretar Puerta del sol expresso, un tema también de Huellas que permitió a Pablo Báez extraer la sonoridad flamenca a su contrabajo en un solo muy bien recibido.

En el ecuador de la actuación Jorge volvió a quedarse solo y en penumbra interpretó a la flauta una hermosísima taranta que dijo haber aprendido del gran Camarón. De vuelta con el sexteto llegó el turno de Sanlúcar-Mojacar, y a continuación fue invitado Rubem Dantas a unirse a la fiesta. Saliendo desde el patio de butacas, el brasileño se sentó sobre el cajón que un día de hace treintaytantos años, en una ocurrencia genial, decidiera introducir en el flamenco hasta convertirlo en uno más de los instrumentos propios del género. Arrancándose por bulerías interpretaron Dos siglos, un tema de Vientos flamencos. Para terminar volvieron al repertorio de Huellas con Maid Mariam y tras el aplauso general, cerraron con el consabido bis. Una noche en el Aku permitió con su ritmo vivaz el lucimiento de todos los músicos, incluyendo al último invitado de la velada, el clarinetista Joaquín Sánchez. 


Omar Sosa & Paolo Fresu 
viernes 9 de noviembre  2012 Teatro Isabel la Católica Granada
El camino de la espiritualidad
por Enrique Novi


Excelso concierto el ofrecido la noche del viernes por Omar Sosa y Paolo Fresu en el marco del Festival de Jazz de Granada. Noches como esta dan sentido a la continuidad de certámenes como este, en estos tiempos en los que cualquier euro gastado desde las instituciones en ocio y cultura es para muchos un lujo superfluo y prescindible, y reconcilian con el género a los que piensan que el jazz ha entrado en la vía muerta del agotamiento. Ambos músicos demostraron lo mucho que puede llegar a transmitirse desde la honestidad creativa y desde la heterodoxia. Con un repertorio basado en el álbum que ambos han publicado este año junto al violonchelista Jaques Morelenbaum, aunque con algún que otro añadido, desarrollaron un recital in crescendo donde las texturas sonoras crearon un ambiente atmosférico, lleno de matices y capaz de transportar al público en un viaje que tenía más de imaginativo que de carretera y manta. Una música aparentemente sencilla, esencial, que no pura, con enorme poder evocador, llena de espiritualidad y de lirismo. Omar Sosa completó la sonoridad de su piano con la electricidad del Fender Rhodes, acompañándose en ocasiones con la voz y con una rudimentaria pero efectiva caja de ritmos. 

Para que luego digan que el aparataje está reñido con la magia y con la integridad de los instrumentos acústicos. Por su parte Paolo Fresu también experimentó con los sonidos que extraía de su trompeta y su fiscorno utilizando un secuenciador con el que creaba loops, repetía compases y alargaba notas. Ninguno de estos elementos mermó la capacidad expresiva de la propuesta ni restó naturalidad a la música que desplegaron. Como era de esperar, el de Camagüey no ejerció de cubano, pues la suya es una apuesta sin fronteras definidas, aunque cuando hubo de pasar de lo contemplativo al movimiento de caderas, animando al respetable a acompañar con el chasquido de los dedos, como cuando interpretaron No trance, lo hizo con fundamento y con humor. Fresu estuvo inconmensurable con el fiscorno, al que sacaba notas como si le hiciera el amor, retorciéndose sobre su instrumento y reglando constantes estampas de alto octanaje estético. Todo un regalo para los fotógrafos, aunque también para los oyentes. 

Su preciso soplo, su depurada técnica y la emotividad que transmite con su fraseo llevaron varias veces al clímax la actuación. Para el final se reservaron varias sorpresas, con una inopinada versión de Con te partiro que se sacó de la manga el de Cerdeña, la interpretación de la única versión del álbum, Under african skies de Paul Simon, y la deliciosa Rimanare grande! que remató Fresu, tras desenchufar el micro de la trompeta y sacar la sordina, todo con sonido natural para que no hubiera dudas sobre su portentoso dominio, con una nota mantenida que dejó al público sin respiración. Una noche de música con mayúsculas que mostró el camino de la espiritualidad que alcanzan estos dos excelentes músicos. 


Miles Smiles
jueves 8 de noviembre 2012 Teatro Isabel la Católica Granada

Wallace Roney, trompeta 
Rick Margitza, saxo
Ralphe Armstrong, contrabajo
Larry Coryell, guitarra
Omar Hakim, batería
Nostalgia de Miles

por  Rafael Marfil

El jazz es, en su esencia, improvisación e innovación, aunque vive para revisar sus grandes mitos de forma permanente y obsesiva. En este caso, el inicio del Festival Internacional de Granada ha contado con la presencia, en la memoria de los aficionados, de aquel Miles Davis que nos visitó por última vez en 1988, en su etapa más electrónica e histriónica. Los encargados de este homenaje han sido compañeros y alumnos aventajados del inolvidable trompetista de Illinois, con una propuesta centrada en Miles Smiles, uno de sus discos más celebrados, que ellos han reinterpretado junto a otros temas como So What o All Blues. Un título un tanto irónico porque Miles, lo que es sonreír, sonreía poco.

Estaba presente la figura de un verdadero maestro del jazz que, a finales de los 80, compartía cartel en el Estadio de la Juventud con Oscar Peterson, Paquito D’Rivera, Tete Montoliu y Chick Corea. Aquel muchacho que aparecía trajeado en televisión para enfriar el bop a mitad del siglo XX, se había convertido décadas después en un provocador musical que celebraba su edad con adornos en el pelo y una colorista estética afro. No lo hubiera mejorado la fantasía del propio Spike Lee. Hace un cuarto de siglo desfilaba delante nuestra la historia de la música, y el Festival ha acertado en su apuesta inaugural. 

Miles Davis fue el hombre que paró el tiempo, y por ello pasó a la historia. Después se aceleró. El sonido de su última etapa superó su propia creación, el cool, asomándose a una roquera posmodernidad de una forma mucho más intensa que el sonido que han traído a Granada sus viejos amigos en el siglo XXI. El tono fue homogéneo a lo largo de todo el concierto, con la excepción del último bis, Time after time (sí, sí, Cyndi Lauper), una versión interpretada, por fin, con la sordina que todo el mundo asocia a Miles. Como ha sucedido muchas veces con Charlie Parker, los grandes proyectan una sombra demasiado alargada. El resultado fue una actuación correcta pero algo fría.

Un teatro lleno pudo encontrar sensaciones sueltas, sin demasiada emoción. El trompetista Wallace Roney, discípulo directo y favorito de Davis, se quedó a medio camino entre evitar la imitación y aportar su propio sello. A ese tono se unió el saxofonista Rick Margitza, que también recorría una llanura demasiado plana. Alto nivel sin gancho emocional, por lo que hubieran ganado el combate por puntos, pero no por dejarnos KO en ningún momento nostálgico. Nunca debe olvidarse que el jazz es un mercado de emociones, más allá de la técnica.

Sin embargo, no estuvo la noche carente de fundamentos. En la formación que homenajea a Davis resuenan ecos de funk y rhythm and blues. En esa aportación, el guitarrista Larry Corryell es toda una enciclopedia de música norteamericana, y aportaba sus esencias cada vez que le apetecía salir del color gris. La maestría del bajista Ralphe Armstrong sirvió para crear intensidad, con una atmósfera que, por momentos, no hubiera desentonado en la reciente celebración electoral del presidente Obama. Todo ello, apoyado en la ausencia de piano y en la calidad de la batería de Omar Hakim, perfectamente pertrechado para un sonido contundente. En la primera noche de festival, era un lujo poder escuchar también a grandes artistas como Ángela Muro o Arturo Cid en el programa de actividades paralelas. En muchos rincones de la ciudad encontramos estos días lo mejor de nosotros mismos.


McCoy Tyner Trio con Jose James & Chris Potter 
domingo 20 de noviembre  2011 Teatro Isabel la Católica Granada
Decíamos ayer por Enrique Novi
Muchos años más tarde, y con la implacable huella del paso del tiempo marcada en su aspecto, volvía uno de los más aclamados pianistas que ha visto el festival. Desde su visita en los ochenta no eran pocas las cosas que habían cambiado, incluyendo una enfermedad que estuvo a punto de llevárselo por delante. Recuperado de ella, había rumores de que Tyner atravesaba una etapa de rejuvenecimiento. Su actuación, que sirvió de clausura a la actual edición del certamen granadino, se vivió con una profunda carga de emotividad, pero evidenció que no todo lo que se rumorea tiene fundamentos sólidos. Con sus claroscuros, McCoy Tyner jugó el papel de esos futbolistas veteranos, que sin el fondo físico de sus mejores tiempos, aún atesoran una exquisita calidad técnica, que dosifican sabiamente y con el cuentagotas a la vista. Así pues, acompañado por el contrabajista Gerald Cannon y el batería Joe Farnsworth, los componentes de su trío, con el añadido de un Chris Potter muy comedido y consciente de su función, lejos de la torrencial presencia de sus últimas visitas, el de Filadelfia abrió fuego con toda su artillería. 

Echando mano de temas propios de los setenta, por momentos rescató el sonido musculoso, robusto, poderoso y exuberante que le hizo célebre. Esa tempestuosa cortina sónica que para muchos constituye parte esencial de sus momentos más gloriosos, cuando formaba parte del legendario cuarteto de John Coltrane junto a Elvin Jones y Jimmy Garrison, y de cuya sonoridad era artífice indiscutible. Con Fly With The Wind, Ballad For Aisha (que en su día escribió para su esposa) y Walk Spirit, Talk Spirit cubrió la primera parte de su actuación, sin duda la que mejor sabor de boca dejó, y con ella se dejó gran parte de las energías que traía en la reserva. Entonces llegó el turno del anunciado cantante Jose James, un joven talento con un voz perfectamente modulada que sin embargo rebajó el tono del concierto. Y es que reproducir algunas de las baladas que grabara el mencionado cuarteto de Coltrane con el inimitable Johnny Hartman suponía todo un salto al vacío sin red del que difícilmente saldría indemne ni siquiera el propio Hartman. 

La belleza de temas como Autumn Serenade, Dedicated To You, You Are Too Beautiful o They Say It’s Wonderful, todas incluidas en el exquisito álbum producido por Bob Thiele para Impulse! no ocultaron la pequeña decepción que supuso ver reducido el talento de Tyner al de mero acompañante. Para el final dejaron, de nuevo sin la voz de James, Blues On The Corner, canción también de Tyner incluida en su excelente “The Real McCoy” y sin tiempo, ni fuerzas, para más, el viejo pianista cumplió el trámite de los bises con una breve y tenue variación sobre uno de sus temas. El respetable abandonó el teatro hasta la próxima edición con la agridulce sensación de haber asistido a una despedida definitiva. Ojalá estemos equivocados.


Christian McBride Trio 
sábado 19 de noviembre 2011 Teatro Isabel la Católica Granada
Vuelta a lo básico  por Enrique Novi
Después de abrir el programa central con el superviviente de la época dorada del be bop Roy Haynes, de asistir a dos maneras de entender el africanismo, con la dulzura de Ray Lema y con la mística de Toumani Diabaté, de haber cubierto la cuota local con Enrique Valdivieso y la ineludible vertiente brasileña con la norteamericana Stacey Kent, y después de haber tenido ocasión de disfrutar de dos magníficos encuentros entre el mundo flamenco y el jazzístico, con David Liebman y Dani de Morón, por un lado, y con Dave Holland y Pepe Habichuela por otro, por fin, en la recta final del festival, llegó el gran jazz con mayúsculas y sin interferencias. Una vuelta a lo básico, a lo esencial de la mano de Christian McBride y de la del insigne McCoy Tyner. Cuando ustedes lean esto, el que fuera pianista de John Coltrane ya habrá completado su actuación como colofón a la 32ª edición del Festival de Jazz de Granada, pero a la hora de escribir esta crítica, aún no sabemos si habrá sido capaz de superar el altísimo listón que el trío que presentó Christian McBride puso el sábado noche con un concierto soberbio, magistral, de los que reconcilian al aficionado con la música que un día le cautivó.

Ese retorno a las esencias se vislumbraba ya desde la misma disposición instrumental de la propuesta. Simplemente con el contrabajo, el piano y la batería, los instrumentos rítmicos sobre los que se construye cualquier planteamiento de jazz puro, y un repertorio formado por clásicos indiscutibles del género, los tres músicos dieron una lección de jazz intemporal de los que dejan huella. McBride, que aún no ha cumplido los 40, venía convertido en un veterano líder que contagiaba entusiasmo a sus dos jóvenes acompañantes. El trío comenzó por todo lo alto con dos impecables interpretaciones de sendos temas de Thelonious Monk y de Benny Golson. De este último, paisano de McBride, recrearon una vertiginosa y furibunda versión de su Killer Joe que dejó exhausta a la concurrencia. Ambas piezas dejaron bien a las claras por donde iba a discurrir el resto de la noche, y de la categoría de los músicos que había sobre el escenario. Derrochando desparpajo y sentido del humor McBride hizo la primera pausa para presentarse y retó al respetable a aplaudir cuando descubrieran el siguiente tema. Tras una prodigiosa introducción a cargo del pianista Christian Sands, un joven portento destinado a convertirse en uno de los grandes de su instrumento, que dejó constancia de su dominio de los múltiples registros estilísticos que maneja, el público arrancó a aplaudir al reconocer los primeros acordes de My Favorite Things.

El tema sirvió también de plataforma para el lucimiento de Ulysses Owens Jr. que portentoso con las baquetas realizó uno de los solos más espectaculares que se hayan visto en el festival, y que inició con una exhibición de precisión ¡únicamente con el bombo! El recital continuó con Sofisticated Lady del maestro Duke Ellington, y Juicy Lucy de Horace Silver, entre otras. Con el teatro convencido de asistir a una de las noches más memorables de la actual edición, esperó al bis, para el que se atrevieron a llevar al terreno del jazz nada menos que a James Brown.


Stacey Kent 
viernes 18 de noviembre 2011 Teatro Isabel la Católica  Granada
De Broadway a Ipanema
Por Enrique Novi
Mezclando inglés, francés y portugués, la pizpireta y risueña Stacey Kent llenó el Teatro Isabel la Católica de ritmos atenuados y cadenciosos, de jazz ligero, de bossa nova y de buen humor. Con su elegante y vaporosa voz, que más allá de los prodigios de otras cantantes con eso que se conoce como chorro de voz, es capaz de modular con absoluta precisión y de poner cada nota en el lugar idóneo con total sutileza, nos dio un paseo por la historia del jazz más suave y amable, ese que se reserva para las noches de verano poniendo banda sonora a la brisa que convierte en confortables las terrazas a pie de playa, de Río de Janeiro a Saint Tropez, de Miami Beach a Puerto Banús. 

El lugar donde confluyen las clásicas melodías de Broadway con las voces aterciopeladas de Frank Sinatra y de Nat King Cole, donde se encuentran Stan Getz y Joâo Gilberto y donde comienza el idilio entre el jazz y la música brasileña. La cantante venía acompañada por el sutil y acompasado toque del batería Matt Skelton, que arrancó el aplauso más caluroso de la noche con un solo breve y de complicada ejecución, el sobrio contrabajista Jeremy Brown y el fino pianista Graham Harvey. Junto a ellos, Jim Tomlinson, que además de compositor y director musical de los discos de Stacey Kent, es su marido y le pone la guinda a sus canciones soplando el saxo tenor con el refinamiento y la delicadeza de Stan Getz. 

Todo el grupo se aplica en arropar a la cantante con un planteamiento contenido y sugerente, de ascendencia cool, heredero directo del sonido distinguido y primoroso de Chet Baker, de Paul Desmond, de ese que se desprende de notas para quedarse con lo esencial en favor de la expresividad. Y entre esa corriente cool, un toque de distinción a la francesa y una devoción absoluta por los sonidos más cálidos de la música brasileña discurrió un concierto basado en “Dreamer In Concert”, el último trabajo publicado por esta artista y grabado en directo. 

Así sonaron Breakfast on the Morning Tram, It Might as Well Be Spring, Dreamer, O Comboio o Samba Saravah junto a piezas de My Fair Lady y, sobre todo, del repertorio clásico de la bossa nova que hicieron que sobrevolara por el teatro el espíritu de Jobim, de Vinicius, de Gilberto. La facilidad comunicativa de Stacey Kent, que no en vano ejerció de presentadora antes de iniciar su carrera como cantante, y su voz natural y alérgica al artificio hicieron el resto. Con el teatro a sus pies, se despidieron echando mano de la infalible Águas de Março, que popularizara el mismísimo Antonio Carlos Jobim con la apasionada Elis Regina. Más de uno llegaría a casa deseando desempolvar aquel viejo vinilo que se abría con The Girl From Ipanema.


Dave Holland & Pepe Habichuela con Josemi Carmona 
jueves 17 de noviembre 2011 Teatro Isabel la Católica Granada
La jondura de un contrabajo
Por Enrique Novi / IndyRock
El solo nombre de Dave Holland se basta para agotar las localidades y los adjetivos cuando hablamos de jazz en general, y del Festival de Granada en particular, como ha quedado acreditado en las ocasiones anteriores en las que ha formado parte del cartel. Por su brillantez, por su técnica sofisticada, por su fantasiosa capacidad improvisadora, por su dominio de la armonía y su impecable sentido rítmico, muy poquitos nombres pueden competir con él a la hora de designar al mejor contrabajista del género, como certifican sus muchos galardones. 

Si además se presenta acompañado de un elenco de grandes artistas flamencos, encabezado por nuestro inigualable Pepe Habichuela, con un espectáculo de enorme audacia y complejidad, y en la patria chica de los Habichuela, tras una exitosa gira que ha dejado boquiabiertos a los aficionados de medio mundo, el concierto que tuvimos el privilegio de disfrutar la noche el jueves no puede ser calificado sino de excepcional. Así era sobre el papel y así se corroboró sobre las tablas de un Isabel la Católica que apenas pudo contener los oles con cada quiebro, con cada remate de unos músicos que parecen haber nacido para encontrarse. Lo que comenzó como una feliz iniciativa de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, la llamada Jazz Viene del Sur (todo un acierto de una institución que no siempre da en el clavo), terminó de completar un círculo perfecto con la excelente actuación que el quinteto regaló al público granadino. 

Ya había quedado plasmado su mágico entendimiento y compenetración en el álbum “Hands” que ambos maestros firmaron el pasado año, pero el extraordinario concierto que ofrecieron venía a poner la guinda a la dichosa colaboración. En ella Holland se convierte en un tocaor lleno de jondura, que domina los palos y sus secretos, los silencios y los arrastres como si los hubiera aprendido de chico correteando por el Sacromonte, o como si el contrabajo formara parte de la tradición flamenca. Así ocurrió con el soberbio arranque por bulerías, y con el tema Hands que da título al disco, un  fandango soberano, con el quinteto al completo, pues al contrabajo de Holland y la guitarra de Habichuela se unían la de su hijo Josemi Carmona y los cajones y la percusión de Bandolero y de Juan Carmona.

El concierto continuó con los temas propios de Dave Holland, como Joyride o The Whirling Dervish, que casaban a la perfección con la granaína que Pepe dedicó a su hermano Morente o con Camarón, una taranta también incluida en el álbum. Por esos derroteros siguieron por soleá, por seguiriya y por rumba, hasta que con el teatro puesto en pié, culminaron una noche redonda, como el toque de los dos genios, por tangos.


Enrique Valdivieso Band con Ryo Kawasaki & Edith B. 
miércoles 16 de noviembre 2011 Teatro Alhambra Granada
Quien mucho abarca
Por Enrique Novi
El concierto de Enrique Valdivieso programado el miércoles en el Teatro Alhambra era a priori uno de los que más curiosidad despertaban en el cartel de este año. Por las muchas connotaciones que traía consigo. Primero por el origen granadino del teclista y también por el retorno que suponía su actuación tras unos años retirado de la escena. Y por supuesto porque somos muchos los que nos posicionamos de manera preferente ante la posibilidad de escuchar un auténtico Hammond B-3 con su motor Leslie a toda máquina, pues se trata, seguramente, del más legendario de los órganos desde que el jazz surgió como género. Vista la actuación, la cosa quedó simplemente en eso, en una curiosidad que no terminó de cuajar tal vez por los muchos caminos que el septeto quiso transitar sin apostar en firme por ninguno de ellos, y que convirtieron su actuación en un batiburrillo de propuestas a medio cocinar. Como esas degustaciones que te dejan con ganas de comprar un bocadillo en la primera tasca con la que tropiezas. 

En el programa del festival se hablaba de be bop, de swing, de funk y de fusión, pero el grupo quiso empezar con fuerza y abrió con una introducción de órgano solo a modo de homenaje al gran Jimmy Smith, que sin embargo no sonó todo lo limpia que hubiera sido deseable. Valdivieso ya había compartido cartel hace más de veinte años con el insigne organista dentro de este mismo festival. Así, tras Mi Querido Smith, quiso rendir un tributo a su esposa con Carmen, un tema que si bien dejó pinceladas de aroma aflamencado y cadencias mediterráneas, también sirvió para que el grupo diera rienda suelta a las disonancias en lo que parecía una furibunda escapada free, que encadenó con Seven Steps To Heaven de Miles Davis. Ahí se escaparon algunos tics progresivos que corrigieron virando hacia el soul jazz y el jazz-funk de orientación Blue Note con los clásicos Going To The Well y The Jody Grind del fino estilista Horace Silver, con los que Valdivieso enloqueció sobra las teclas del órgano, como un reencarnado Brian Auger al frente de Oblivion Express. 

La primera parte culminó con un tema del peculiar Kawasaki, que dejó su rugiente eléctrica para interpretar una pieza de tintes fallescos a la acústica. Fue entonces cuando llegó el turno de la cantante Edith B. que significó el último volantazo de la noche, que se convirtió en un music hall. A partir de ahí, el grupo cambió de vestuario y los pantalones de campana del concierto setentero que habían ofrecido hasta entonces, fueron sustituidos por los impecables trajes con pajarita del repertorio de estándar que acometió la cantante sueca. Four Brothers, How High The Moon, Ornitology o Air Mail Special se sirvieron como un popurrí que fue el aperitivo de más inmortales como Just One Of These Things, Just Friends, Taking A Chance On Love o el Stop Leadin’ Me On del incombustible B.B. King, con el que cerraron el consabido bis. 


Toumani Diabaté Quartet 
martes 15 de noviembre 2011  Teatro CajaGranada 
Un concierto didáctico
Por Enrique Novi
A Toumani Diabaté el sobrenombre que más veces le han adjudicado ha sido sin duda el de maestro de la kora, ese enigmático instrumento de sonido hipnótico que con tanta elegancia y habilidad domina. Visto su concierto del martes ante un público que llenó las 300 butacas del Teatro CajaGranada, se entiende a la perfección el apelativo, pues no solamente extrae con maestría las más hermosas sonoridades de sus tripas, sino que se aplica en explicar a todo el que quiera oírlo los secretos de su inseparable compañero: su origen, los materiales con los que se manufactura, la disposición de las cuerdas, cual es la forma de tocarlo o las múltiples funciones que cubre y que lo convierten en un instrumento versátil y autosuficiente capaz de ejercer de solista y de proporcionar acompañamiento al unísono.

El amor que irradia por él se refleja de manera genuina. Su propio padre Sidiki Diabaté pasa por ser el primer intérprete que grabó un disco de kora en 1970, y a buen seguro que Toumani transmite con pasión sus conocimientos a sus hijos, consolidando la arraigada tradición de sus ancestros. Para su actuación granadina le bastaron apenas seis temas escogidos de su lustroso repertorio para ofrecer un concierto medido y sugerente donde las composiciones se desarrollaban espaciosamente, tomando todo el aire que cada una de ellas iba pidiendo.

Hasta conseguir un ambiente casi mágico y narcótico que arrastra a la audiencia a una especie de mantra, de experiencia mística. Comenzó solo con Kaira de su álbum de debut, para a continuación invitar a su banda. Fanta Mady Kouyaté a la guitarra, Mohamed Koita al bajo eléctrico y Fode Kouyaté a la batería apenas alteraron el recogimiento de su propuesta. Los arreglos precisos, más enfocados hacia la sutileza y la consecución de un ambiente de quietud que hacia la exhibición de sus habilidades, contribuyeron al estado de hipnosis, de meditación más que de intimismo en el que Diabaté sumió al teatro. 

Así continuaron con Ruby, tema compuesto por Ali Farka Touré que abría el segundo de los discos que grabaron juntos ambos compatriotas antes de la muerte de este último. El homenaje no acabó aquí, pues más tarde continuó con Soumbou Ya Ya, canción tradicional incluida en el primero de los discos que grabaron juntos, In The Heart Of The Moon. También rescató alguna pincelada del trabajo que lo dio a conocer en nuestro país, Songhai, que grabara en colaboración con Ketama, y por supuesto, alguna de las piezas de su último álbum hasta la fecha, el fabuloso The Mande Variations, un disco introspectivo como su concierto del martes, que nos acercó a la belleza telúrica del África interior, del África eterna.


Ray Lema African Jazz Trio 
domingo 13 de noviembre Teatro Isabel la Católica Granada
La zona templada
Por Enrique Novi
El concierto que Ray Lema ofreció la noche del domingo fue un auténtico regalo que más allá del jazz y su torrencial desfile de notas, inundó el Teatro Isabel la Católica de la dulce y melancólica cadencia que indefectiblemente posee la música de la zona más templada del planeta, la que hunde sus raíces en los países próximos al ecuador. Al contrario de lo que ocurre con el jazz, que normalmente entierra la melodía en busca de la audacia armónica, la música de Ray Lema, como el resto de las que provienen de las zonas ribereñas del Río Congo, rezuma una sencillez melódica que la hace irresistible. Es cierto que en su propuesta se cuelan algunos sutiles pasajes jazzísticos, pero sobre todo hay aires africanos de aroma tropical. 
Por todas las rendijas de sus composiciones se cuela el soukous, la rumba congoleña, el son, el choro, el calypso, la samba y la bossa o el afropop. Y con ello se convierte en el mejor heredero de Antoine Moundanda y de Wendo Kolosoy, más conocido como Papá Wendo, el padre de aquella música melosa de ritmo contagioso y tono agridulce y melancólico llamada rumba congoleña, dulce como el agua de los mejores cocos y elegante como las orquestas trajeadas de la época, un estilo surgido en los años cuarenta, innegablemente africano pero de inspiración caribeña, que fusionaba el son y el cha-cha-chá con las tradiciones de la profunda África. 

No sin razón se ha dicho que la rumba congoleña es a África lo que el son a Cuba o la bossa a Brasil, nada más y nada menos. Así el repertorio que Lema presentó en Granada estuvo atravesado de rumbas del Caribe, melodías africanas de tono evocador, chasquidos de dedos, algunos falsetes, tenues guiños brasileños, gestos de complicidad con el público e incluso ritmos retro, de esos que han sido rescatados por las recopilaciones de la música ligera de los años 50 y que ahora conforman lo que modernamente ha sido conocido como exotica. 

Y todo ello fue posible gracias a la compenetración de un trío en el que cada miembro tenía su papel perfectamente delimitado. Así el bajista Xavier Zolli contiene con sobriedad el peso rítmico del concierto, atrayendo los focos exclusivamente durante sus contados solos, en los que muestra su virtuosismo sin descuidar el elemento altamente melódico de la propuesta, mientras que Ray Lema, igualmente contenido, desliza sus manos sobre las teclas de su piano, para extraer las notas justas, sin alardes ni exhibicionismos fuera de lugar, en un acompañamiento minimalista que sirve como estructura perfecta sobre la que exponer las partes cantadas. Mención aparte merece Francis Lassus, un inquieto y travieso batería que coquetea con el público y ejerce de animador al tiempo que corona los temas con sus versátiles arreglos vocales, que hicieron las delicias del respetable, sin que por ello se resienta su labor con las baquetas y las escobillas. Su toque fino, su dinámica y su sutil sentido del ritmo se antoja el complemento perfecto para las armoniosas canciones de Ray Lema. Tras sentirse partícipes haciendo los coros propuestos por el trío, el público se marchó satisfecho con la sonrisa puesta. Era domingo noche y al día siguiente tocaba madrugar.


Roy Haynes Fountain Of Youth Band 
sábado 12 de noviembre Teatro Isabel la Católica Granada
La veteranía es fuente de juventud
por Enrique Novi
A Roy Haynes le resultaría más fácil elaborar la lista de grandes del jazz con los que no ha colaborado que enumerar los nombres ilustres que incluye su hoja de servicios. Desde Lester Young a Pat Metheny, de Dizzy Gilespie a Chick Corea, de Miles Davis o John Coltrane a John Pattitucci, Art Pepper, Stan Getz, Eric Dolphy, Lennie Tristano, Sarah Vaughan, Thelonious Monk… Y es que a estas alturas es de los pocos supervivientes de la era dorada de la explosión del be bop, pues también formó parte del quinteto de Charlie Parker entre 1949 y 1952. Tal vez por eso Haynes se conduce con soltura y sobrado de desparpajo tanto cuando está sentado detrás de su batería como cuando abandona su puesto para presentar a la banda, canturrearle la melodía a su solista o exhibir su agilidad marcándose unos pasos de claqué a la manera en que le vimos hacerlo a Gregory y Maurice Haines interpretando a los hermanos Williams en Cotton Club. 

Haynes se sabe parte de una historia dorada que pase lo que pase ya nadie va a cambiar y eso hace que asuma su papel sin ninguna presión y con total libertad. Rodeado de unos músicos de solvencia contrastada que se mantienen en todo momento dentro de los márgenes de la corrección, y cuya suma de edades apenas supera la suya propia, se muestra como el más jovial y desinhibido de un cuarteto al que ha bautizado apropiadamente como Fuente de Juventud. 

El neoyorquino David Wong al contrabajo y el pianista de Miami Martin Bejerano mantienen el pulso rítmico con precisión y sin grandes alardes pero con absoluta eficacia, espaciando sus discretos solos y supeditándolos a la estructura de los temas, nunca elevándose por encima de ellos, como corresponde a un planteamiento de la vieja escuela. Por su parte el saxofonista Jaleel Shaw, casi siempre con el saxo alto, se arroga parsimonioso el papel solista con idéntica efectividad, planteando impecable la melodía de una manera canónica para después mostrar sus apreciables dotes armónicas, todo dentro del más estricto academicismo. 

Así pues, el repertorio se mantuvo sin sorpresas dentro del clasicismo que cabía esperar, con piezas del maestro Thelonious Monk, como Trinkle, Tinkle con la que abrieron fuego o la hermosa Green Chimmeys, o de Sonny Rollins, otro de los supervivientes de la buena época, como Grand Street. Completaron el set con la balada I Can’t Get Started de Ira Gershwin, y con la famosa James de Pat Metheny, seguramente una de las piezas más alegres de la historia del jazz. También hubo tiempo para involucrar al público, al que Haynes animó a hacer peticiones, y tras descartar la primera (alguien desde el patio de butacas gritó ¡Weather Report!) acogió con mayor entusiasmo el Well, You Needn’t también del inevitable Monk. Y la velada se cerró con el consabido bis para el que recurrieron, como no, a otro clásico: Limehouse blues puso el cierre a la primera entrega del programa central de la actual edición del Festival.


Jazz Viene del Sur: David Liebman & Dani de Morón con Guillermo McGill
Viernes 11 de noviembre 2011 Teatro Alhambra Granada
Ejercicio de rehabilitación
Por Enrique Novi


Con permiso del concierto programado la víspera en Guadix a cargo de Antonio Hart con la Granada Big Band, se abría la actual edición de nuestro Festival de Jazz con otro fuera de abono que visto lo visto no hubiera desmerecido en absoluto en la sede principal del Teatro Isabel la Católica. Encuadrado dentro del ciclo Jazz Viene del Sur que produce la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, en este caso con la colaboración del Instituto Andaluz del Flamenco, y bajo el título de Alborada: homenaje a Ramón Montoya y Fernando Vilches, el saxofonista David Liebman y el guitarrista flamenco Dani de Morón, con el batería Guillermo McGill y el excelso bajista Manuel Posadas “Popo” (injustamente relegado en el cartel), nos ofrecieron un magnífico concierto que vino a demostrar al menos un par de obviedades. La primera, que la fusión del flamenco y el jazz tiene más precedentes de los normalmente admitidos, y la segunda, que, para quitarnos la razón a los que usualmente nos mostramos reticentes con los experimentos y nos provocan cierta alergia las fusiones forzadas que tanto abundan entre ambos géneros, cuando se hacen con fundamento y sabiduría, los resultados pueden llegar a ser irreprochables y de una espectacularidad abrumadora. Así sucedió la noche del viernes en un concierto que mereció mejor respuesta por parte del público. Seguramente el hecho de venderse al margen del abono influyó en la escasa afluencia. 

Con un repertorio basado en los experimentos grabados en fecha tan temprana como 1925 por el maestro de la guitarra flamenca Ramón Montoya junto al saxofonista Fernando Vilches, y con la inestimable labor de recuperación casi arqueológica de Guillermo McGill, la actuación fluctuó armoniosamente entre el jazz moderno, arriesgado y de aires coltranenianos que representa Liebman y la exuberancia flamenca de las cuerdas, tanto las del habilidoso Dani de Morón como las del virtuoso Popo, que alternó el bajo eléctrico de seis cuerdas con otro acústico de cinco. Como argamasa de todo ello el trabajo sutil a la percusión de Guillermo McGill, que además adaptó la mayor parte de los temas rescatados a la sonoridad moderna, donde el ritmo alcanza mayor protagonismo que en la época en que se grabaron, cuando toda la presencia recaía en el componente melódico. 

Así se fueron sucediendo los palos que grabó Montoya, comenzando por Alborada, con temas escogidos para la ocasión: Fuego en la piel de McGill, Lonely woman de Ornette Coleman, donde se lució Liebman con la tin whistle, Moors del propio Liebman o Los sueños y el tiempo, a compás de siguiriya, también de McGill, con la que cerraron la actuación. Entre medias hubo exquisiteces con forma de rondeña, malagueña, soleá, media granaína y bulerías por soleá, todas de genuino aroma flamenco, en los que Liebman alternaba el tenor y el soprano, e incluso un par de palos de ida y vuelta, con una hermosísima milonga y una dulce colombiana. Con el público entregado, el cuarteto regaló un bis que parecía escrito para la ocasión. Nada más y nada menos que una furibunda y enérgica versión de Olé, el tema que Coltrane grabara en 1961 con una de sus formaciones de lujo (Dolphy, Tyner, Jones, Hubbard…) que recreaba la melodía tradicional española El vito, y que se convirtió en el broche de oro a una magnífica noche de música.
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FESTIVAL DE JAZZ FR GRANADA, 2010
Esperanza Spalding 
domingo 21 de noviembre 2010 Teatro Isabel la Católica Granada
Esperando a Esperanza
Por Enrique Novi
Con el patio de butacas repleto, a oscuras y en silencio, y unos cuantos minutos de retraso, Spalding entró sigilosa en la sala por una de las puertas de acceso del público, subió al escenario y, parsimoniosamente, se despojó de su abrigo y su pañuelo, se sentó en un butacón dispuesto a tal efecto, se sirvió una copa de vino y se la bebió. 

A continuación se abrió el telón y solo entonces se unió a la banda ya dispuesta para atacar las primeras notas de la noche. Hace año y medio, durante su actuación en Jazz en la Costa, el hermano menor del festival de otoño de Granada, Esperanza Spalding ofreció un concierto vigoroso durante el cual se mostró comunicativa y hasta dicharachera. Para su actuación de entonces también agotó las localidades con antelación. Un hecho insólito para una debutante. Seguramente su éxito se debe en parte a su impactante y fotogénica imagen, además de a sus indiscutibles facultades, pues es resuelta como autora, brillante y efectiva como cantante y deslumbrante con el contrabajo –no en vano aprendió con uno de los grandes como es Ron Carter-. 

Entonces dijimos que su propuesta aún buscaba en múltiples direcciones sin apuntar de manera certera a casi ninguna. También que su repertorio se antojaba todavía prisionero de los productores discográficos y que seguramente aún estaba por llegar lo mejor sí misma cuando fuera capaz de canalizar todo el potencial que su habilidad y su talento encierran. Pues bien, parece que esa búsqueda se ha iniciado, aunque a juicio de este humilde cronista haya sido con un tiro fallido. Su actuación del domingo cerraba la edición XXXI del Festival de Jazz de Granada y fue diametralmente opuesta a la que nos ofreció en Almuñécar. Si entonces desplegó carácter y desparpajo con unos temas más festivos, su planteamiento musical en esta ocasión fue mucho más introspectivo, intimista y poético. 

Y si siempre es de agradecer que una artista se aventure a arriesgarse con nuevos retos y rehúya repetir lo que le ha funcionado en el pasado, el resultado de esta nueva propuesta no parece el camino más corto para labrarse una buena reputación como jazzista, por más que este nuevo álbum que venía a presentar permanezca entre los más vendidos en las listas del género. Antes se ganará por esta senda la admiración de los consumidores de discos de  músicas de la nueva era y otros productos con olor a pachuli. Salvo uno, todos los temas que interpretó pertenecían al reciente Chamber music society, y estaban cortados por el mismo patrón. Una música de marcado carácter lírico, espaciosa y sosegada en la que el trío de cuerdas llevó gran parte del peso de una actuación narcotizante y por momentos plúmbea, más propia de una ensoñación a medio camino entre el mundo de Disney y el catálogo de Windham Hill. Demasiado espeso para el cierre a un festival de jazz. Seguiremos esperando a Esperanza.


Chano Domínguez 
sábado 20 de noviembre 2010 Teatro Isabel la Católica Granada
Día de canciones populares
Por Enrique Novi
En el programa el concierto del sábado venía anunciado como “Blue Note Records presenta: Piano Ibérico”. Y a pesar de llevar el sello de uno de las compañías más icónicas del jazz, fue una propuesta tan escorada hacia lo español, hacia lo flamenco, que confieso que me da cierto apuro afrontar esta crítica teniendo este periódico tan versados críticos especializados en el inmaterial patrimonio de la humanidad. Pero se da la circunstancia de que estaba encuadrado en la presente edición del Festival de Jazz, donde Chano Domínguez es uno de los artistas más genuinamente admirados, y a pocos se le va a descubrir a estas alturas el talento del gaditano. 

Si existe algún lugar donde el jazz y el flamenco convivan con naturalidad, dialogando de igual a igual, enfrentándose, discutiendo y volviéndose a arrimar, como los amores reñidos, ese lugar es la mente de Chano y la prolongación que transmite hasta el piano. En este nuevo trabajo que presentó en Granada, el primero cedió casi toda la presencia al segundo y el cuarteto ofreció un concierto, como indica su título, de aire ibérico, basado en melodías populares de los más célebres compositores del nacionalismo musical español, más alguna composición propia inspirada por esa misma sensibilidad. 

Fue la mejor respuesta a otro cántico de infausto recuerdo para muchos, que con motivo del aniversario de la muerte del caudillo, algunos nostálgicos del dictador entonaban en las inmediaciones del teatro minutos antes del espectáculo, mientras el público accedía a su interior. Una vez allí, el piano estaba acompañado por la percusión de Manu Masaedo, por el cante y por el baile. Juntos abrieron fuego con Mantería, una de las pocas composiciones propias del nuevo álbum, para pasar de inmediato una emocionante relectura de los clásicos españoles que comenzó con El puerto de la Suite Iberia de Albéniz enriquecida con los pasos del bailaor Daniel Navarro. 

La voz rajá y flamenca de Blas Córdoba se unió a ellos en unos tangos basados en La música callada de Mompou. Y así continuó con dos danzas de Granados. La segunda de ellas, si se me permite el neologismo, abluesada sutilmente por Domínguez. Y es que el pianista no tiene competencia a la hora de fusionar ambas tradiciones y los ritmos de sus tanguillos rezuman aires criollos, los de la soleá adquieren la candencia de un solo y los fandangos transpiran swing. El clímax llegó de la mano del maestro Falla. Primero con El Amor Brujo y el zapateado espectacular de Navarro, que con su taconeo puso en pie al teatro; y a continuación con El Fuego Fatuo que Córdoba interpretó con quejío. Una vuelta a Mompou y para cerrar el círculo Cuando te veo pasar, otra composición del propio Chano con la que se despidió, a falta del deseado bis, de su público granadino. Hasta la próxima visita.



Parkerland Nonet con Perico Sambeat 
Parker sin complejos
por Enrique Novi
jueves 18 de noviembre 2010 Teatro Alhambra 

Por una vez y sin que sirva de precedente, seré franco con ustedes. Como las sandeces que me dedico a poner por escrito en este diario no me dan para vivir y por ende tengo que emplearme en otros menesteres, llegué con el concierto ya empezado y la primera impresión no fue buena. Vi a diez músicos, de los cuales nueve tenían su mirada fija en la partitura y no pude evitar pensar dónde quedaba la improvisación como elemento esencial y definitorio del género jazzístico. Sin embargo, a partir de ahí todo fue mejorando hasta que con el último compás todo la concurrencia aplaudió convencida de la solvencia y la prestancia de una banda formada por músicos de la escena local pero que demostraron que su inclusión en el cartel del Festival no es un acto de condescendencia. Junto al programado el día anterior, el de la Granada Big Band con Toni Belenguer, cubría la cuota granadina en la actual edición del Festival, un hecho que al finalizar su actuación agradeció el guitarrista Eneko Alberdi manifestando su deseo de que sea el principio de una apuesta que tenga continuidad. Atreverse con el repertorio de nada menos que Charlie Parker, probablemente el mejor improvisador que ha dado el jazz y sin duda el músico que con su torrencial genio sentó las bases del género, recapitulando lo que había sido hasta entonces para reinventarlo en su forma moderna, la que todos identificamos como genuina, atreverse con eso, digo, es una empresa de riesgo. Salir venturoso de ella es un logro que hay que apuntar en el haber de estos músicos por su constancia, su dedicación y su talento. Así que a pesar de que se apreció cierta rigidez en algunos pasajes, finalmente la habilidad como instrumentistas de todos ellos acabó por imponerse para regalarnos algunos momentos de jazz de altura, en los que el espíritu inquieto y rompedor de Parker se apoderó del teatro. Sobre la precisión rítmica de Cuni Mantilla, José María Pedraza y Sergio Díaz voló por supuesto el saxo alto y sutil del músico invitado, Perico Sambeat, un indiscutible de nuestro panorama, pero también la seguridad con ese mismo instrumento de Antonio González, el soplo matizado de Julián Sánchez con la trompeta –impecable dando comienzo a Lover man-, o la suavidad con la flauta travesera de Valentín Murillo. Mención especial merecen Sergio Albacete con el saxo barítono y el versátil Pepe Viciana que, no solo con el tenor, se destapó con algunos de los solos más aplaudidos. Todos juntos nos deleitaron por Parker. Y sin complejos.



Charles Lloyd New Quartet
sábado 13 de noviembre 2010 Teatro Isabel la Católica 
En frasco pequeño por Enrique Novi
Tras la sobredosis de escalas a la que nos había sometido el guitarrista Kurt Rosenwinkel la noche anterior, el mejor antídoto para reponerse de tan abrumadora exposición, lo ofreció con una actuación memorable Charles Lloyd. Al frente de un comedido y preciso cuarteto, el veterano saxofonista, con una décima parte de las notas que necesitó su predecesor para aburrirnos, nos regaló un precioso concierto en el que no sobró ni faltó una sola coma. Sin estridencias, sin exhibiciones, sin zapatazos y sin solos interminables. Simplemente dejando que la belleza de sus sosegadas composiciones inundara lentamente el teatro, como el humo de un cigarro se expande inexorable por la estancia donde se está fumando. Como los buenos perfumes, que no solo se presentan en frascos pequeños sino que se precisan unas pocas gotas para que la piel se impregne con su esencia. Para qué utilizar un centenar de notas cuando bastan dos para transmitir sensaciones genuinas. En ese sentido la propuesta de Lloyd trascendió lo musical para inmiscuirse en el universo de lo emocional. Y en ese terreno ni ha encontrado rival en lo que llevamos de festival ni es previsible que lo vaya a encontrar. Con parsimonia, ceremoniosa y elegantemente los cuatro músicos tomaron posiciones y la magia comenzó a fluir en forma de música. Jason Moran al piano, más concentrado que durante su última visita con el Overtone Quartet que capitaneaban Dave Holland y Chris Potter, tuvo la oportunidad de resarcirse de aquella noche y demostrar el prestigio que le precedía. Eric Harland, compositor y finísimo batería también presente en aquella ocasión y Reuben Rogers al contrabajo, otro conocido de la organización por cuando vino acompañando a un inconmensurable Joshua Redman que cerró una de las últimas ediciones de Jazz en la Costa, formaban uno de los combos más solventes y contenidos de la actual entrega del certamen de invierno. A sus dotes como músicos hay que añadir la magnífica selección que conformó un repertorio exquisito primorosamente interpretado. A algunas composiciones propias de sobrecogedora belleza, como la orientalizante Ramanujan, el viejo Lloyd incorporó algunas bien escogidas versiones de Coltrane o Sonny Rollins, llenas de espiritualidad, e incluso temas ajenos al género que llevó a ese terreno de jazz espaciado y sugerente que tan magistralmente domina. Fue el caso del clásico mexicano La llorona o el Rabo de nube de Silvio Rodríguez, que daba título  uno de sus últimos álbumes publicados. Más allá del jazz modal, del jazz de vanguardia o de cualquier otra categoría, el que desplegó este cuarteto la noche del domingo perdurará en las mentes de los presentes por su hermosura y por su elevado poder evocador.

Kurt Rosenwinkel Standards Trio 
sábado 13 de noviembre Teatro Isabel la Católica 
Cuando más es menos
por Enrique Novi
Después del abrupto viaje por los paisajes glaciales que nos propuso el noruego Molvaer, un cartel que se anunciaba como Kurt Rosenwinkel Standards Trio era prácticamente la máxima garantía de que volvíamos a unos senderos más amables, a una carretera más conocida y que por ella haríamos un recorrido más cómodo. Si además, como el propio nombre indicaba, el repertorio iba a estar compuesto exclusivamente por clásicos indiscutibles del género, la travesía se presumía bien plácida. Sin embargo, el superdotado guitarrista Kurt Rosenwinkel ofreció un concierto espeso y excesivamente frondoso, a fuerza de inyectarle una sobredosis de notas. Lo que parecía iba a ser un plato ligero, de fácil digestión, desde el principio quedó claro que lo que se nos ponía sobre la mesa era un suntuoso y grasiento menú de alto poder calórico. Estándar, sí, todo el repertorio estaba formado por versiones de clásicos dorados, pero con un tratamiento de esteroides anabolizantes que los engordaba artificialmente hasta la atrofia, hasta hacerlos prácticamente irreconocibles. Tanto Rosenwinkel a la guitarra como sus socios Eric Rovis al contrabajo y Ted Poor a la batería, obviando aquella máxima que definía las virtudes de las corrientes minimalistas, menos es más, se dedicaron a insuflar en cada uno de los temas todo su potencial como virtuosos de su instrumento. Dijeron tocar Backup de Larry Young, Reflexions de Thelonious Monk, Invitation, composición de Kaper & Webster que ha sido grabada por un sinfín de maestros, Senerity de Joe Henderson, Ugly beauty también de Monk y Milestones de Miles Davis para acabar en el bis de nuevo con el genial Monk y su Ruby my dear. Una excelente selección de temas que juntos harían una recopilación exquisita para regalar a algún amigo apreciado y quedar como un buen aficionado de gusto fino, pero que en manos de este trío se volvió un repertorio plano y repetitivo por su empeño en demostrar sus prodigiosas cualidades. Los amantes del exhibicionismo desde luego quedarían encantados con el despliegue de digitación de Rosenwinkel, con los solos reiterativos de Rovis y con la manera de volcarse sobre los tambores de Poor, que parecía que se iba a descoyuntar con cada redoble, pero los que esperábamos disfrutar de algunas de las más logradas melodías de la historia del jazz, tuvimos que conformarnos con ver como las enterraban en una tempestad de notas, prácticamente todas las que cabían en cada escala. Y deseamos que llegara su final desde el comienzo.

Nils Petter Molvaer 
viernes 12 de noviembre Teatro Isabel la Católica  Granada
La fusión fría
por Enrique Novi
Algunas calvas en el tupido patio de butacas del Isabel la Católica ya ofrecían alguna pista acerca de las reservas con que el respetable iba a recibir una de las apuestas más arriesgadas de la trigésimo primera edición del Festival de Jazz de Granada, la de la música dispersa y experimental, para muchos hasta indigesta, del trompetista Nils Petter Molvaer. El discreto aunque incesante goteo de abandonos durante la hora y veinte minutos que duró su actuación no hizo sino confirmar que su extrema propuesta, más propia tal vez del avanzado Ciclo de Música Contemporánea que se celebra en la ciudad durante la primavera, aún dista mucho de estar asimilada por el aficionado medio del jazz. Desde que hace ya muchos años, el jazz dejara de ser una música permeable a las innovaciones para entrar a formar parte de las músicas sacralizadas y admitidas por el sector más inmovilista de los melómanos, ese que precisa mirar la etiqueta cada género para concederle la carta de respetabilidad, las salidas de los cauces marcados, y más si se hacen de una manera tan poco complaciente como la que planteó el noruego la noche del viernes, se perciben de manera sospechosa y si acaso se aceptan es a regañadientes. Ya durante el concierto inaugural, Wayne Shorter tampoco se lo puso fácil a la afición, aunque su impecable hoja de servicios bloqueó cualquier atisbo de rebelión ante su audacia. Pero Molvaer, con menos nombre, fue aún más lejos. Si Shorter se decantó por una música de corte incidental y paisajístico, la del trío noruego fue un auténtico viaje a las profundidades de un iceberg. Y la nave que nos condujo a esos recónditos y helados parajes estaba formada por una batería, un guitarrista con varios amplificadores y otros cachivaches destinados a deconstruir el sonido natural de su instrumento –incluso le extrajo acordes con un arco de violín- y una trompeta minimalista, de movimientos ralentizados y una premeditada escasez de notas, enterrada en una cascada de efectos electrónicos. Tan lejos del cliché electrónico como del jazz tradicional, este músico, que cuenta en su haber con el aval de sus trabajos para el prestigioso sello ECM, se adentra valientemente en los territorios desconocidos donde lo lleva su incesante investigación sónica, creando novedosas atmósferas, inimaginadas texturas a veces incómodas para el oyente conformista. Y todo ello acompañado por unas proyecciones que formaban parte de la propuesta estética y que difuminaban las imágenes de los propios músicos diluyendo su protagonismo visual. Los ávidos asistentes que aguantaron su embestida, y que fueron mayoría, en honor a la verdad, ovacionaron su actuación y el noruego respondió con una breve concesión interpretando el Nature boy del ineludible Miles Davis.


Lovano Europa Quartet 
sábado 6 de noviembre 2010 Teatro Isabel la Católica Granada
El camino marcado
por Enrique Novi
La segunda entrega del programa central del Festival repetía el mismo formato que la primera, un cuarteto liderado por un saxofonista acompañado por contrabajo, piano y batería, aunque el planteamiento general de la actuación era diametralmente opuesto al de su predecesor. Si el viernes Wayne Shorter se aseguró los royalties con un repertorio formado en exclusiva por material propio, el sábado Joe Lovano no tuvo inconveniente en rendir pleitesía a sus mayores y dejó para el final una excelente selección de piezas de los grandes maestros de la era dorada; si el viernes Shorter ofreció un concierto sin concesiones, solo apto para entregados a su extrema vía, el sábado Lovano se mostró complaciente con el gusto del respetable desde el primer compás. Así arrancó con Fort Worth, una composición propia de su primera etapa con Blue Note, en clave de frenético hard bop, que evidenció por donde iban a ir los tiros. En primer lugar porque venía dispuesto a ceder parte del protagonismo a su banda de acompañamiento, formada por algunos de los más destacados instrumentistas europeos de la última hornada: el finlandés Peter Slavov sencillamente soberbio al contrabajo, el preciso pianista italiano Salvatore Bonafede y el contrastado batería catalán Jordi Rossy, de ahí la denominación del cuarteto. Al frente de ellos un seguro y expresivo Joe Lovano que se mueve como pez en el agua y con idéntica efectividad por diferentes estilos. Su fraseo líquido, fluido y exuberante se adapta con absoluta eficacia a todas las corrientes del género; desde los de formas más estructuradas hasta los más libres, Lovano, que no solo sopla su instrumento sino que expresa la musicalidad de sus melodías con todo su cuerpo, desprende una naturalidad que solo puede surgir cuando uno ha interiorizado multitud de influencias. Y con esta facilidad fue fluctuando entre el bop y las baladas, entre temas de adscripción modal y jazz de corte vanguardista y espíritu libre. Después de unos primeros temas de su propia cosecha, cambió el saxo tenor por el soprano y por la flauta travesera para acometer los primeros acordes de Lonely woman de Ornette Coleman. Así comenzó su particular homenaje a algunos de los más ilustres músicos de la historia del jazz, como John Coltrane, Charlie Parker o Thelonious Monk. Especialmente aplaudida fue su lectura con el saxo soprano de Spiritual, una de las cumbres del malogrado Coltrane. Caliente y entregado, sin ganas de concluir, el cuarteto continuó con los clásicos hasta completar un segundo bis con Four in one del maestro Monk. Toda una fiesta del jazz eterno.

Wayne Shorter Quartet 
viernes 5 de noviembre 2010 Teatro Isabel la Católica 
Sin gurú, sin método, sin maestro
por Enrique Novi
No guru, no method, no teacher. Le robamos el título a Van Morrison, al león furibundo que después de cuatro álbumes de contenido místico, salió escaldado de su paso por la iglesia de la cienciología para romper la baraja y rugir su asqueo por los dogmas. Se lo robamos para definir el concierto de apertura de la actual edición del Festival de Jazz de Granada, la de la engañosa abundancia, pues ha engordado su cartel a base de conciertos paralelos en las salas de la ciudad, aunque la oferta en el Teatro Isabel la Católica se ajuste a los tiempos de crisis que tocan; la edición trigésimo primera, un número que en cierto modo supone un nuevo comienzo. El cuarteto de Wayne Shorter, con el expresivo Danilo Perez al piano, el elegante John Patitucci al contrabajo, ambos viejos conocidos de la parroquia, y la sorprendente Terry Lyne Carrington a las baquetas, dio rienda suelta a ese elemento que da carta de naturaleza al género, la improvisación, desde el primer acorde. Y a partir de ahí un torrente de música de corte incidental y paisajístico, sin perfiles definidos, sin solos, sin corsés, sin pausa… sin un micrófono para presentar el repertorio o dar las buenas noches. Lo único importante era el poder evocador de su sugerente música. El septuagenario saxofonista, con el tenor entre las manos, dando las notas justas y muy lejos de preocuparle la consideración del virtuosismo, fue encadenando temas en una suerte de suite desquiciada que duró cerca de 50 minutos. Tras ella se sucedió otra tromba de música algo más breve pero igualmente enlazada, con la que a falta del consabido bis se dio por concluido el concierto. Semejante planteamiento exento de solos encaminados al lucimiento instrumental sembró cierto desconcierto entre el público fiel del Festival, siempre ávido de aplaudir cada tic exhibicionista que se produzca en el escenario. Shorter no les dio opción. En semejante maremágnum pocos creyeron apreciar alguna insinuada melodía de Lester Young o de Mendelssohn, que rápidamente se diluía entre la informe cascada de jazz desposeído de armazón que desplegó el cuarteto. Los temas declarados en la reglamentaria hoja de autores correspondían todos a Beyond the sound barrier, su último trabajo publicado hasta la fecha, un álbum en directo en formato de cuarteto también con Perez y Patitucci, pero cualquiera sabe… Sea así o no, es de agradecer que una figura del peso de Wayne Shorter, que se supone que podría vivir de reproducir sus logros de antaño, siga buceando a pulmón libre con planteamientos tan audaces con 77 años cumplidos.


Edición 2009
Crónicas por Enrique Novi
Eddie Gómez Trio
Richard Bona
Brandford Marsalis
Abdulah Ibrahim Trio
Overtone Quartet
Speak Low
Cassandra Wilson
The Missing Stompers
Granada Blues Band con Otis Grand
Disassembler
Erik Truffaz Quartet
Nicola Conte Jazz Combo
Kevin Mahogany

Ignacio Berroa Quartet con David Sánchez
Domingo de saturación
por Enrique Novi
domingo 22 de noviembre 2009 Teatro Isabel la Católica  Granada


La trigésima edición del Festival de Jazz de Granada echó el cierre este domingo con una de las más exquisitas actuaciones del certamen. Si bien el teatro no registró el lleno de otros días seguramente debido a su programación en domingo y puede que también por el cansancio que las decenas de conciertos repartidos en las tres semanas de festival han podido dejar en el espectador, los que aguantaron hasta el último día pudieron asistir a uno de sus momentos estelares. La organización se reservó uno de sus mejores platos para el final y los más ávidos disfrutaron de un concierto para sibaritas, pues la música que ofreció el cuarteto de Ignacio Berroa no fue ni más ni menos que la quintaesencia del arte jazzístico en estado puro, sin que sobrara o faltara una sola nota. Un concierto magistral, contenido y sin concesiones. Ni al espectáculo ni al lucimiento. Nada más que puro jazz de altísima graduación destilado al estilo de los grandes maestros. Berroa aprendió de ellos todos los secretos del buen hacer de un batería de jazz y es toda esa sabiduría la que pone al servicio de la música que interpreta. Su toque es exuberante sin apabullar, preciso aunque suelto, y medido pero lleno de matices. Posee pulso, dinámica y elegancia, lo que lo convierte, con el permiso del joven Justin Faulkner que formaba parte del cuarteto de Brandford Marsalis y que encandiló a la afición, en el más fino de los que hemos tenido ocasión de ver durante la actual edición. Junto a él, los dos Rodríguez, Ricky con el contrabajo y Robert al piano, desplegaron sobre el escenario del Isabel la Católica una musicalidad tan preciosista, tan desbordante y tan bien ejecutada que probablemente hayan constituido el mejor trío rítmico que se ha visto en Granada en mucho tiempo. Por si fuera poco, el cuarteto lo completaba otro de los músicos más en forma que han pasado por aquí últimamente. El puertorriqueño David Sánchez posee con el saxo tenor un fraseo desbordante, de una sonoridad que sólo alcanzan los gigantes del instrumento. Dulce como Lester Young, lleno de alma como Coltrane y sofisticado como Dexter Gordon. Cabal, intenso, orgánico, apasionado y sin embargo de una técnica impecable. Magia y precisión. Consiguieron el mejor broche para el festival con un repertorio fundamentalmente propio. Desde Guayaquil de Robert Rodríguez con la abrieron fuego, hasta el bis Joao su merced de Berroa, dieron una lección de jazz con temas de David Sánchez, del maestro Lecuona (La comparsa) y, además de Matrix de Chick Corea, con la obligada mención a su mentor Dizzy Gillespie del que interpretaron Woody’n you. Fue la mejor selección para que las armonías del jazz queden resonando en nuestra memoria hasta el próximo año.

Kevin Mahogany
La puesta de largo
con la Big Band de Granada – sábado 21 de noviembre - Teatro Isabel la Católica 
Por Enrique Novi
La Big Band de Granada cumplía quince años sobre el escenario del Isabel la Católica y en el marco del Festival de Jazz, bajo cuyo patrocinio ha crecido y en el que cada año se reserva una fecha que le ha permitido codearse con figuras de nivel internacional. Llegar a esa cifra es un mérito de sus integrantes y del dedicado afán de su director Kiko Aguado, pero lo es más haberlo hecho en la excelente condición en la que se encuentran, la que les permite mirarse de igual a igual con cualquiera de los artistas programados. El invitado de este año ha sido Kevin Mahonagy, que demostró las portentosas facultades que le han llevado a ser considerado el número uno por la prensa especializada de su país. Si el año pasado Kurt Elling se erigió en merecido protagonista de su colaboración con la Big Band, en esta edición el cantante de Kansas City, más académico, quiso compartir los focos con sus invitados. Así fue Celia Mur, la cantante titular de la banda, la que abrió el tarro de las esencias con Days of Wine and Roses y Lady is a tramp. Cedió entonces el testigo a un Mahonagy con muy buen humor que siguió extrayendo de ese tarro una selección de estándares: Another you, In the evening, Kiss and run, My romance… La extraordinaria naturalidad con que las acomete acentúan su carácter de clásicos y son prueba del conocimiento que atesora de las músicas que han conformado el canon jazzístico. El soul, el swing, el gospel y el blues. Su dominio vocal sólo es comparable a su rotunda presencia. Con al orquesta funcionando en el ecuador del concierto a toda maquina, volvió a requerir la presencia de Celia Mur para cantar a dúo la ineludible Garota de Ipanema, según la ella; The girl from Ipanema en la adaptación en inglés que hizo él. También juntos se despacharon una magnífica Take the A train con un duelo de scat entre ambos y un sensacional solo a cargo de Sergio Albacete, con el saxo barítono. Todos los solistas estuvieron sobresalientes pero no todos los días tenemos la opción de disfrutar de la maravillosa tesitura de este instrumento. Continuó Mahogany fraseando magistralmente en clave de blues, o volviendo a Sinatra con One for my baby. Con el teatro encantado, se despidió el vocalista con su registro más grave y sedoso para cantar Don’t get around much anymore. Sólo les quedaba la Yardbird suite que reservaron para el merecido bis de una noche llena de clásicos.

Erik Truffaz Quartet

La tortuga gigante
por Enrique Novi - IndyRock
viernes 20 de noviembre 2009 Teatro Isabel la Católica Granada
El último viernes de festival se presentaba como el más moderno de la actual edición, primero con la actuación del cuarteto del trompetista franco suizo Eric Truffaz en el teatro Isabel la Católica, y más tarde con la del italiano Nicola Conte y su Jazz Combo en el BoogaClub. Si había un día dedicado a satisfacer al sector de aficionados más interesado por las últimas tendencias, era este. Al menos sobre el papel. La realidad, siempre tozuda, acabó por dejar claro que no todo es lo que parece ni las expectativas siempre se cumplen. Ambos son artistas emparentados con la música electrónica de contenido hedonista y en su día se vieron beneficiados por la ola de interés que el llamado nu jazz despertó entre un público joven arrastrado al género por el éxito de artistas como Saint Germain hace cosa de diez años. Truffaz, a pesar de ello, era un músico que, si bien había mostrado su inclinación a experimentar con ritmos electrónicos, ya tenía un largo recorrido que lo había llevado a participar en el Festival de Montreux en el año 91. Su concierto del viernes comenzó algo titubeante pero en el transcurso de las casi dos horas de música que desplegó su cuarteto, convenció a los más recalcitrantes con una actuación que no hizo más que crecer hasta la divertida lectura del Je t’aime de Serge Gainsbourgh con que se despidió. Y eso que él como trompetista muestra ciertas limitaciones. Más cómodo con las texturas, parece renunciar deliberadamente al fraseo y seguramente fue el único de los cuatro músicos que no despertó la admiración con sus solos. Tampoco lo pretende. Lo suyo se limita a componer sugerentes paisajes sonoros sobre los que el resto de la banda vuelca un volcánico torrente sonoro. Con un planteamiento más cercano al de banda de rock, o más bien de jazz-rock, el grupo abunda en los caminos mostrados por el Miles Davis de los trajes chillones y las gafas llamativas, el de In a silent way o Bitches brew. Y así Patrick Muller cumple sobradamente con el piano acústico, pero hace retumbar el teatro cuando pulsa las teclas de su Fender Rhodes hasta hacerlo sonar como una guitarra distorsionada a base de efectos. Marcello Giuliani es un bajista robusto, fibroso y absolutamente rotundo, mientras que Marc Erbetta, el más veterano compinche de Truffaz, maneja su batería con la precisión de un reloj suizo y la pegada de una apisonadora. Así fue hasta que fue poseído por un gato afónico, o tal vez por un glaciar. Eso parecía al menos cuando con el micro se dedicó a producir con su boca sonidos sobre los que luego el grupo al completo construía su nueva canción. Para entonces el público estaba rendido ante la avalancha de contundencia que cayó sobre el patio de butacas.
Nicola Conte Jazz Combo
Pitos en el segundo
por Enrique Novi - IndyRock

Alhambra New Jazz Experience
viernes 20 de noviembre 2009 Sala BoogaClub Granada


Y si Erik Truffaz salió por la puerta grande en el teatro, Nicola Conte en cambio, abandonó el estrecho escenario de la sala BoogaClub con la cabeza gacha y el gesto algo contrariado. Desde su salida a escena, en ningún momento logró el grupo sentirse cómodo, tal vez porque después de un viaje desde Roma mal planificado que dejó la huella del cansancio en sus semblantes (el propio Conte así lo confesó a la primera ocasión), esperaban seguramente un entorno más lustroso. El sonido tampoco ayudó a que el grupo pudiera brillar a su altura sencillamente porque su propuesta superaba las posibilidades del recinto. Y es que Conte, al contrario que Truffaz, sí proviene directamente de la música electrónica. Capo del sello Schema, que durante el cambio de siglo fue de los que más activamente contribuyeron a la recuperación de los sonidos brasileños y jazzísticos para la escena electrónica, Conte desarrolló su carrera principalmente como disc jockey y productor a pesar de su formación clásica, y como guitarrista la madrugada del viernes al sábado apenas mostró una discreta destreza para el acompañamiento. Impulsado su nombre a raíz del éxito de su disco Jet Sounds, el italiano ha desarrollado una carrera meritoria con álbumes que coqueteaban con el easy listening y el jazz liviano de corte cinematográfico de los sesenta y setenta. En su presentación en directo, en cambio, dispuso una banda de siete músicos que a duras penas cabían sobre el mini escenario de la sala una vez dispuesto el piano de media cola, y que quiso plantear un repertorio absolutamente acústico y mucho más cercano al jazz canónico de lo que cabía esperar escuchando su discografía. A pesar de la buena disposición de sus saxofonistas, que no tuvieron reparo en abrir la actuación apelando al más sofisticado Coltrane, el grupo nunca le encontró el pulso al concierto. Y acercándose con la voz aterciopelada de su cantante Alice Ricciardi a la bossa nova y las melodías más suaves, cumplieron con el trámite de una noche que se les atragantó seguramente mucho antes, en alguna de los enlaces que tuvieron que hacer en el tránsito entre Roma y Granada. 


Disassembler 
Desmontando el jazz
por Enrique Novi
 jueves 19 de noviembre 2009  Teatro CajaGranada de CajaGranada 
Se cerraba el ciclo CajaGranada Jazz que durante los días laborables de esta semana se ha venido celebrando en el Teatro CajaGranada, con la actuación del grupo ganador del Concurso Internacional de Intérpretes de Jazz, promovido por la asociación GranadaJazz. Disassembler era su nombre, Gran Bretaña su origen y muy variadas las influencias de las que se nutren a la hora de desarrollar su propuesta: jazz de vanguardia, un poco de fusión o elementos progresivos combinados con limpios fraseos de corte clásico. Liderados por Trevor Warren, un joven aunque veterano guitarrista, la banda quiso aprovechar la ocasión para demostrar todo lo que eran capaces de hacer y apuraron hasta completar las casi dos horas de concierto. El grupo lo formaban Winston Clifford (con ese nombre debió parecerle predestinada su dedicación al jazz), preciso aunque algo monocorde a la batería, Dudley Phillips, correcto al contrabajo, Julian Siegel contenido y meticuloso al saxo y Annie Whitehead, brillante con el trombón de varas, todos ellos músicos contrastados de la escena londinense. Como ganadores del concurso, Disassembler obtuvieron como premio, además de la correspondiente dotación económica, la grabación de un álbum, que edita y distribuye la propia asociación. Y su actuación se anunciaba como presentación de este nuevo disco, aunque el grupo no quiso renunciar a mostrar algunos de los logros de sus trabajos anteriores. Así comenzaron con Love y Jackson Pollock, dos temas de Warren que abren Fear is the mother of violence, su segundo disco, editado en 2008 y en el que participaban todos los miembros de la banda a excepción de Julian Siegel, que es su última incorporación. Siguieron con algunos de los temas del nuevo trabajo, que se titulará What is, aunque los fueron alternando con los de su álbum de debut, un disco homónimo publicado en 2005 por el sello 33Jazz Records, y de cuya formación sólo se mantiene Dudley Phillips además del propio Warren. De él rescataron Loneliness o Pop1, un tema que presentaron como su visión del pop y que despertó alguna que otra sonrisa entre el público. Ya se sabe de la superioridad intelectual con que algunos aficionados al jazz miran a otras músicas, en especial cuando llevan la etiqueta de pop. Curiosamente Pop1, que tendrá su continuidad con otro corte del nuevo álbum llamado Pop2, fue de las mejores cosas que ocurrieron sobre el escenario del teatro esa noche. Un número forjado en la senda de Tortoise y otros grupos de Chicago capaces de experimentar conjugando el jazz con elementos pop desde la más absoluta solvencia fue la mejor noticia que nos dio Disassembler. Y eso que hubo fraseos a lo Coltrane, un solo de batería a ritmo de samba, pasajes de guitarra a lo Robert Fripp y hasta disonancias de riesgo a lo Lester Bowie.
Granada Blues Band con Otis Grand
Un espontáneo en el blues
por Enrique Novi - IndyRock
 miércoles 18 de noviembre 2009  Teatro CajaGranada de CajaGranada 


Dentro del ciclo CajaGranada Jazz, que en paralelo a su cartel principal programa el Festival, se presentaba el álbum The Grand Session, una colaboración entre la ineludible Granada Blues Band y el guitarrista y cantante Otis Grand disponible desde hace apenas un par de meses. Si el Teatro CajaGranada se rebeló perfectamente adecuado para la obra Nueva York en un poeta que a cargo de The Missing Stompers tuvo lugar el día anterior, para la noche del blues ese mismo espacio adolecía de cierta rigidez con la propuesta siempre más propicia para ser disfrutada acodado sobre la barra de un bar cerveza en mano que se le supone a la música de los doce compases. Tal vez por eso Otis Grand decidió romper con el protocolo que uno espera en ciertos escenarios y se aventuró a sacar de su butaca a algún que otro espectador, aunque no siempre tuvo el mismo grado de acierto con su elección. Comenzó la Granada Blues Band sin él encarando el Hoochie Coochie de Willie Dixon que popularizara Muddy Waters. A partir de ahí, con otros clásicos –Latin Lupe, No more doggin’, Black eyed blues-, algunos incluidos en el nuevo disco, fueron calentando el ambiente para la llegada del anglolibanés Otis Grand. Después de I just wanna make love to you con un arreglo más cercano al soul a lo Joe Cocker que tan bien le va a Pecos Beck, cantante de la Blues Band, hizo su aparición el invitado. Con un estilo bastante agresivo de pulsar las cuerdas, que pellizca más que acaricia, el señor Grand entronca directamente con la escuela guitarrística de B.B. King y, como él, alterna las partes cantadas con los punteos pero nunca hace ambas cosas a la vez. La sombra de la influencia del bluesman de Misisipi es alargada. Grand trató de convertir la presentación en una fiesta del blues y para ello no tuvo reparos en extraer literalmente de su butaca a una incauta espectadora que en menos tiempo del que se tarda en contarlo viose atrapada entre el orondo corpachón del músico y su guitarra en un intento de convertirla en protagonista involuntaria de su lucimiento. Visiblemente incómoda con la situación, la chica logró zafarse de su captor con un movimiento giratorio y respiró aliviada una vez había recuperado su posición anónima entre el resto de asistentes. Pero el guitarrista, lejos de sentirse afectado por el sucedido, buscó una nueva presa. Esta vez –ignoro si el truco estaba preparado- tuvo tanta suerte con el elegido que parecía capaz, si lo hubieran dejado, de sustituirlo sin que la actuación se resintiera. Recuperada la normalidad, el grupo se dedicó a interpretar esos números que garantizan el aplauso del inmovilista público del género, que acabó en pie al son de los bises con que se despidieron: Looking good y Slow blues.


The Missing Stompers
La visión del poeta
por Enrique Novi - IndyRock
martes 17 de noviembre 2009 Teatro CajaGranada de CajaGranada
Una de las más esperadas de las muchas actividades paralelas que programa el Festival de Jazz era el estreno de Nueva York en un poeta, una obra en la que más allá del hecho musical confluían varias disciplinas con el objetivo de ofrecer una visión del impacto que tuvo en Lorca la visita a la Gran Manzana, término que por cierto proviene de la denominación que le solían dar los jazzmen a la ciudad. Es sólo una de las explicaciones que se dan como posibles, pero se cuenta que entre los músicos norteamericanos la expresión ‘apple’ era utilizada para referirse a lo que aquí llamaríamos nudo en la garganta, esa sensación de ahogo que producen los nervios previos a una actuación. Dada la posición de Nueva York como centro neurálgico del género comenzó a ser llamada ‘the big apple’. Sea como sea, lo cierto es que el poeta estuvo allí entre junio de 1929 y marzo del año siguiente, de modo que tuvo ocasión de vivir en primera persona los meses previos al crack y sus primeras consecuencias visibles. El mismo jazz se convulsionó y muchos de sus artífices las padecieron. Algo de esa devastación humana contiene Poeta en Nueva York alrededor de cuyos textos se va componiendo la obra. Con unos magníficos visuales a cargo de Mabebe Delgado que combinaban imágenes del mundo de los clubs de jazz y otras del trasiego de la ciudad con algunos dibujos del propio Lorca inteligentemente dispuestos, se sucedían los fragmentos recitados por Alberto San Juan –eso sí, grabados- con el repertorio en directo de la orquesta. Resultó una soberbia puesta en escena. Hábilmente iluminada, la banda tocaba tras una pantalla translúcida un repertorio casi por entero de Duke Ellington: The Mooche, Cotton Club Stomp, Mood Indigo, Black & Tan Fantasy… una exuberante selección impecablemente interpretada que proponía una banda sonora a la visita de Federico. He de confesar que acudo a este tipo de producciones con cierto recelo. El carácter institucional de los agentes involucrados, la figura intocable de Lorca, la sacralización del acontecimiento cultural; todo esto junto tiende a producir espectáculos algo artificiosos. No fue el caso de Nueva York en un poeta. Con la dirección musical de Alejandro Pérez, el guión de Arturo Cid, ambos miembros de The Missing Stompers, y el asesoramiento literario de Juan Mata, lo que nos ofrecieron fue más que un concierto. Fue un didáctico paseo emocional por la ciudad de Nueva York con la visión del poeta. Aunque el guiño final se lo guardaran a Nueva Orleáns con el breve desfile hasta el patio de butacas.
Cassandra Wilson 
La luna en barbecho
por Enrique Novi - IndyRock
domingo 15 de noviembre 2009 Teatro Isabel la Católica Granada
Fotos González Molero - Ideal / IndyRock

Como les pasa a esos delanteros de técnica exquisita pero algo atolondrados, que nunca parecen terminar de cuajar, así le sucede a la carrera de Cassandra Wilson, una cantante de facultades portentosas, con una voz única y privilegiada pero cuya trayectoria discográfica siempre ha pecado de irregular. Seguramente con la excepción del exquisito Blue light til’ dawn (Blue Note, 1993), su primer disco para el prestigioso sello, ni antes ni después ha logrado una continuidad discográfica a la altura que toda la crítica le atribuye a su talento. De su actuación del domingo se podría decir algo parecido. Dio un concierto contenido y sugerente que no terminó de convencer ni a los puristas del jazz por sus devaneos con el repertorio pop (una tendencia que viene de lejos) ni a los menos exigentes porque en realidad es una artista que no hace concesiones al espectáculo, sino que se mueve en espacios de cierta pureza, especialmente cuando se acerca a buscar el verdadero espíritu del blues, que es como consigue sus hallazgos artísticamente más brillantes, según el subjetivo criterio de este cronista. Así pues, la cosa prometía cuando la fenomenal banda que la acompaña comenzó tenuemente con una introducción en clave de blues que le sirvió a la de Misisipi para hacer una entrada airosa y triunfal y acometer los primeros compases de Caravan, el inmortal de Duke Ellington. Fue una lectura sugestiva y sin grandes alardes de un clásico del jazz. A partir de ahí, y como algunos se temían, el resto de la actuación fue un constante alejamiento del género en beneficio a veces del blues, a veces de la estandarización de un repertorio pop. Continuó con algunos temas de su último trabajo, Sleepin’ bee, Lover come back to me o Saint James infirmary, con el que comenzó su coqueteo con el blues, aunque intercaló también una arrastrada versión de Orfeo negro. Todas las que vendrían después fueron versiones alejadas del canon jazzístico: Something so right de Paul Simon, una sobrecogedora Pony Blues del pionero Charley Patton y Til’ there was you, la canción del musical The music man que popularizaran los Beatles en voz de Paul McCartney, con la que acabó. Tal vez por ser domingo, en el tintero se dejó el Harvest moon de Neil Young, que ya grabara en uno de sus discos. Un tema que no interpretó, a pesar de que aparecía en la hoja con el repertorio que manejaba su técnico de sonido. Con su voz grave y rotunda hizo suyas todas ellas. Y con su elegancia y distinción nos trajo a la memoria a otras grandes con las que su estilo emparenta: la capacidad de Betty Carter, la prestancia y el feeling de Nina Simone o el dramatismo de Abbey Lincoln, con la que comparte la actitud combativa. Para el bis volvió a echar mano de McCartney con una deconstruida versión de Blackbird.
Overtone Quartet
sábado 14 de noviembre 2009 Teatro Isabel la Católica Granada
El jazz redentor
por Enrique Novi - IndyRock


Después del sopor en el que quedó sumido el Isabel la Católica la noche anterior con el planteamiento más que sosegado del trío de Abdullah Ibrahim, los incondicionales afrontaban expectantes lo que tenía que decirnos el Overtone Quartet. Sobre todo por las ganas que había de degustar la creatividad del honorable Dave Holland, uno de los contrabajistas más reputados del mundo y más esperados por los fieles del festival. A él se sumaba el fraseo siempre musculoso de Chris Potter, que ya en la pasada edición dejó buena muestra de su torrencial soplo al frente de Underground, y las ilustres credenciales con que se presentaban el pianista Jason Moran y, sobre todo, el batería y compositor Eric Harland. Y no hubo decepción. Con un repertorio enteramente propio, el cuarteto ofreció un extraordinario concierto de principio a fin, equilibrado y compensado por los cuatro costados. Excepción hecha del pequeño chasco que nos llevamos cuando Moran se disponía a atacar su primer solo sobre las teclas del Fender Rhodes en Treachery, tema con el que abrieron su actuación. Cuando el resto de la banda ya había hecho el suyo y dirigieron su mirada hacia la posición del pianista, algún problema técnico nos privó de él. Más tarde Moran se repondría del contratiempo y tuvo tiempo para el lucimiento sobre el piano acústico, pero en ese momento nos quedamos con las ganas de escucharlo sobre el eléctrico. Sin amedrentarse por el pequeño sucedido, siguieron con Walkin’ the walk, de Dave Holland y con Patterns, al igual que la primera, una composición de Harland que evidenció que no sólo es un extraordinario batería, pletórico de fuerza y dinamismo tanto en los solos como en el acompañamiento, sino un completo músico también dotado para la composición y con una mirada propia para la armonización. No en vano venía precedido por un inusual expediente como aval: composiciones para el cine, una numerosísima experiencia discográfica a sus 31 años y un compromiso creativo que lo llevó a formar parte de M-Base, un movimiento renovador del jazz más vanguardista. Perteneciente a una familia en la se combinaban antecedentes musicales y extremas convicciones religiosas, su infancia no fue un camino de rosas, pero tal vez ciertos sufrimientos le hicieron buscar un camino de redención en el jazz y a juzgar por lo que pudimos ver la noche del sábado ha debido encontrarlo. Blue blocks de Dave Moran dio paso a Veil of tears del maestro Dave Holland, que, aunque reconocido virtuoso de su instrumento, prefirió poner el acento en la expresividad antes que en la exhibición, una decisión que siempre se agradece. Antes del consabido bis, cerraron con Ask me why y Sky, dos temas de Chris Potter, que se mostró más comedido que en su anterior visita. Si bien su fraseo siempre es fibroso y enérgico, en esta ocasión no ejerció de líder y optó por un ensamblaje perfectamente integrado en el cuarteto. 


Abdulah Ibrahim Trio
Tómatelo con calma por Enrique Novi - IndyRock
viernes 13 de noviembre 2009  Teatro Isabel la Católica Granada


Shinjuku Zulu es el alias de Kirby Andersen, un músico proveniente de las lejanas y frías tierras de Alberta, en Canadá, cuyos discos se pueden catalogar como de experimentación electrónica. Nada que ver por tanto con el apacible mundo acústico de Abdullah Ibrahim. Si lo traemos a colación es porque en uno de sus discos incluye un tema cuyo título es más que una declaración de intenciones; es más bien todo un principio estético: Slow is the new fast (lo lento es lo nuevo rápido), que es como se llama la pieza, podría fundamentar toda una corriente como fue la del slowcore, una derivación del hardcore (música acelerada de origen punk) cuyo característica subversiva radicaba precisamente en ralentizar hasta el extremo un estilo basado en la velocidad. También podría ser la coartada de Abdullah Ibrahim y sus dos acompañantes. Tras la magistral lección que nos regaló Brandford Marsalis la noche anterior, con el vertiginoso toque de Justin Faulkner a la batería, el concierto del viernes nos sumergió en un mundo reposado y calmo donde el tempo se estiraba hasta convertirse en un plano de quietud que parecía proponer una nueva dimensión musical. Sin micrófono a la vista a través del cual poder dirigirse al público, Abdullah Ibrahim al piano, Belden Bullock al contrabajo y George Gray a la batería plantearon una actuación absolutamente espaciada y queda, casi introspectiva, en la se daba todo el espacio para el matiz hasta lo inaudible y sin lugar para la estridencia. Como los días soleados en Escocia o como una estación de servicio abierta en un viaje de noche y en invierno por carreteras comarcales, así de espaciadas fueron las escasas ocasiones en que se permitieron elevar el tono más allá del susurro. De modo que el concierto se vivió como un plácido viaje en el que una insinuación de redoble se vivió con la inquietud con que se afronta una liebre que se cruzara en el camino desierto. Fue tal la sutileza que algunos creímos escuchar la última hoja seca del otoño cayendo sobre el manto que cubría todo el suelo de los frondosos bosques de Vermont. También el crujir de las veteranas butacas del teatro, pues fueron tan pocas las concesiones al espectáculo y tan tenues los cambios entre los temas que, fundidos entre sí, no dieron lugar a esa práctica tan del gusto del público del jazz que es la de aplaudir cada solo. Hubo algún tímido intento que murió apenas comenzado y que se antojaba extemporáneo en el ambiente imperturbable, de tiempo detenido que creó Ibrahim. El concierto acabó como había comenzado, con un tono más clásico que jazzístico y múltiples mini referencias ellingtonianas Cuando al fin los músicos se levantaron recibieron una abierta ovación. El público se sacudió el letargo en el que su música lo había sumido y aprovechó el único resquicio que quedaba para aplaudir sin cortapisas.


Brandford Marsalis
Un repaso magistral
por Enrique Novi - IndyRock

jueves 12 de noviembre 2009 Teatro Isabel la Católica Granada


En términos futbolísticos lo que hizo el extraordinario cuarteto del mayor de los hermanos Marsalis se llama salir enchufado desde el minuto uno. Menudo comienzo. Cecil B. DeMille sostenía aquello de que una buena película debía empezar con un terremoto y a partir de ahí ir subiendo. El concierto del jueves habría sido un buen film pues se abrió con un ritmo endemoniado desde el primer compás y dejó a la concurrencia aplastada contra los asientos del teatro con una soberbia y extendida interpretación de Return of the jitney man, la primera pista del reciente Metamorphosen, editado en su propia compañía. Sin tiempo para recuperarse, el grupo atacó Teo, un clásico grabado por Miles Davis y Thelonious Monk, entre otros, en una impecable lección de bop torrencial que nos transportó a cualquiera de los clubs de la calle 52 de hace 50 o 60 años. Seguramente en esa tónica hubiera seguido la actuación si realmente hubiéramos estado en el Birdland o el Three Deuces, pero estamos en el S. XXI y en un teatro europeo, de modo que Marsalis decidió reducir la marcha con Hope, un tema compuesto por el pianista Joey Calderazzo incluido en su álbum de 2006 Braggtown. Para entonces la mayoría habíamos descubierto que el sustituto nada tenía que envidiarle a Kenny Kirkland. Calderazzo posee el toque elegante de McCoy Tyner que tanto gusta a Brandford, el concepto más imaginativo de mano abierta de Monk y hasta se marcó un vertiginoso solo en el estilo stride a lo Fats Waller o Willie ‘The Lion’ Smith. Ya sabemos del enciclopédico conocimiento de Marsalis y su cuarteto. La parte central del concierto concedió más aire al respetable y fue adquiriendo un tono más sosegado que el arrebatador comienzo con la interpretación de In the grease, un antiguo tema del propio Marsalis o The last goodbye, incluida igualmente en su última entrega y firmada también por Calderazzo. Pero si éste transmitió buenas sensaciones, el que realmente impresionó por su raudal de energía y el ritmo arrollador y al mismo tiempo preciso que imprimió a la noche fue un jovencísimo batería llamado Justin Faulkner. Aún sin currículum pero dotado de unas manos mágicas y espectaculares, dejó al público boquiabierto con sus habilidades a las baquetas. Incluso Marsalis se volvió de espaldas al micrófono para atenuar el sonido de su saxo que servía de elemento rítmico para el lucimiento del percusionista. Superado el tono de marcha funeraria que tomó la parte central del concierto, la banda volvió a los clásicos para cerrar su lección magistal. Primero con Monk y su 52nd street theme, precisamente, y ya en el bis con una soberbia lectura del archiconocido St. Louis Blues. Con el líder transmutado en una especie de Sidney Bechet paseando el mejor sonido de las calles de Nueva Orleáns, su cuna y la del propio jazz, se completó una de las noches que más tardaremos en olvidar de la actual edición.


Richard Bona 
domingo 8 de noviembre 2009 Teatro Isabel la Católica
Celebración de la vida
por Enrique Novi - IndyRock

Una vez más el bueno de Richard Bona ofreció una noche de música torrencial, de celebración de la vida que, más allá de los géneros, lo han convertido ya en una de las figuras más queridas por los aficionados al festival y en visita obligada para la mayoría allí donde sea anunciada una de sus festivas actuaciones. La última vez que se le pudo ver por aquí fue hace año y medio en el festival Jazz en la Costa de Almuñécar. En aquella ocasión como parte del trío Toto Bona Lokua, junto a Gerald Toto y a Lokua Kanza, por lo que había ganas de disfrutar de su propuesta en solitario junto a su sensacional banda: Marshall Gilkes al trombón de varas, Mike Rodríguez a la trompeta, Obed Calvaire a la batería, Mbutu a la guitarra y Etienne Stadwijk –el único que repetía de su concierto en la costa- a los teclados. Una banda bien engrasada y a la que Bona extrae toda una gama de virtudes a conveniencia, del susurro al estruendo, del matiz al ritmo desbocado, según pida el momento. También en eso es un maestro, en dirigir magníficamente al grupo con el que interactúa y se entiende a las mil maravillas. Claro que igual hace con el auditorio, al que manejó a su antojo, ahora poniéndolo a cantar, ahora a acompañar con las palmas, incluso a bailar salsa, como hizo en el bis tras dos horas de intenso concierto. Y es que el amor y la fascinación que transmite por el hecho musical es absolutamente genuino independientemente del estilo, y a través de él se relaciona con el mundo a todos los niveles. Pregunta al público, comenta el tiempo y hasta se atreve a hablar abiertamente de política y a dar consejos. Así lo hizo cuando afirmó no creer en ningún político, ya saben, prometen construir un puente incluso donde no hay río, en frase de Nikita Kruchev. O cuando advirtió con absoluta vehemencia del peligro de vacunarse contra la gripe A. Asistir a una de sus actuaciones se convierte en un rito de comunión espiritual y lúdico hermanamiento a través de la música. Y música es precisamente lo que le sobra. A sus incuestionables dotes como bajista (para muchos el mejor del mundo a día de hoy), no le quedan atrás sus facultades como cantante. En ese sentido uno de los momentos más celebrados de la noche ocurrió cuando, retirados los miembros del grupo, se dedicó a construir una pieza utilizando exclusivamente su voz y un pedal con el que repetía en forma de bucle partes ya cantadas. Con rotunda naturalidad e involucrando a la audiencia creó solo sobre el escenario uno de las más hermosos números del repertorio, que lógicamente acabó con el teatro en pié. Desde el tenue comienzo con Invocation a los temas de su último álbum, el reciente The ten shades of blues, como Mbemba Mama o Shiva Mantra o la versión de su admirado Jaco Pastorius, Liberty city, todo el concierto fue una celebración de la vida con el aroma de los trópicos que los asistentes tardarán tiempo en olvidar. Al menos hasta su próxima visita.



Eddie Gómez Trio 
sábado 7 de noviembre 2009 Teatro Isabel la Católica Granada
Elegancia y clasicismo
por Enrique Novi - IndyRock
Algunos –pocos- asientos vacíos en el concierto inaugural de la trigésima edición del festival de jazz de Granada. Un hecho poco común en los últimos años. Considerando el cartel, un nombre de garantías que formó parte de uno de los más longevos tríos del genio Bill Evans, como es Eddie Gómez, habrá que echarle la culpa a la crisis para explicar algunas ausencias. Continuador del estilo cálido e insinuante de su maestro, el puertorriqueño de origen se presentó en formato trío junto al sobrio pianista Stefan Karlsson y al veterano batería Billy Hart, uno de los primeros participantes que tuvo el certamen en los primeros años 80, que sorprendió al personal por la potencia con que golpeó los parches. Su pegada fue tan contundente que los técnicos apenas tuvieron que abrirle el volumen desde la mesa. Mucho más contenidos estuvieron el sueco Karlsson con las teclas y el propio Gómez, fino estilista al contrabajo. Muy comunicativo y agradecido con el público en su primera visita a la ciudad, planteó un concierto de corte clásico y elegante, cuyo repertorio alternó temas tomados fundamentalmente de tres fuentes: algún infalible estándar de cuando los compositores dotaban de material a los teatros de Broadway desde los pisos altos de un famoso edificio neoyorquino, un par de versiones de los pianistas más distinguidos de los 60, y algunas composiciones propias incluidas en el último trabajo de estudio del trío, Palermo (Jazz eyes, 2007), grabado en Sicilia. Así comenzaron con el clásico On Green Dolphin street y a partir de ahí fueron alternando otros inmortales de procedencia cinematográfica (Stella by starlight) con dos partituras escritas por Karlsson, como Smilin’ eyes y Trikings. Tras ellas llegó el turno de recuperar su pasado, primero con la exquisita Blues for Gwen de McCoy Tyner, con el que en su día tocaron tanto Gómez como Hart, y después con We will meet again del ineludible Bill Evans. Con el público ya metido en el concierto, llegó uno de los momentos más vibrantes de la noche con la interpretación de Love letter (to my father), un viejo tema del contrabajista dedicado a la memoria de su padre, cuya introducción con el arco sobrecogió a la concurrencia por su belleza y originalidad. Para el final quedaron Palermo, el tema que da título al último álbum del grupo, y finalmente el bis con My foolish heart, el clásico también incluido en este disco, que sirvió de cierre a la velada. Aprovechó Eddie Gómez para agradecer la invitación a técnicos y organizadores, al tiempo que anunciaba al público un hecho feliz que muchos asistentes aún no sabían pues se había producido la madrugada anterior, mientras los músicos viajaban con destino a Granada: El Grammy al mejor álbum de música instrumental de 2009, había sido concedido a Duetos, firmado por Gómez junto al pianista argentino Carlos Franzetti. Felicidades maestro.

Edición 2008 

Crónicas
  • Michael Philip Mossman & The Granada Film Project 
  • Nicholas Payton
  • Danilo Pérez Trío con Lee Konitz
  • Lizz Wright 
  • Alhambra New Jazz Experience: Jazzinvaders
  • Hafer Modir & Trío Andaluz 
  • Chris Potter's Underground 
  • Eliane Elias
  • Kurt Elling con la Granada Big Band 
  • En busca de los treinta 
    por Enrique Novi -IndyRock
  • La soberbia actuación del crooner norteamericano Kurt Elling puso el broche de oro anoche a la vigésimo novena edición del Festival Internacional de Jazz de Granada. Una cifra, 29, que en busca de la treintena, es ya por sí misma todo un logro que sitúa el certamen en una posición de privilegio dentro del calendario cultural granadino. Después de tantos años, y tras superar diversas crisis, algunas de las cuales han estado cerca de hacer peligrar su continuidad, el simple dato de una supervivencia tan longeva en un mundo tan volátil como es el de la oferta cultural dependiente de las instituciones oficiales, debería ser un seguro de continuidad para alcanzar las 30 ediciones. Confiemos en que ninguno de los responsables políticos en cuyas manos recaen finalmente las decisiones que dotan de la financiación imprescindible a eventos como éste pierda la cordura y el Festival pueda seguir celebrándose en los próximos años. De momento parece que podemos estar tranquilos. La actual edición ha mantenido el nivel que se le exige con un cartel equilibrado, ecléctico y con amplitud de miras para cubrir las diferentes tendencias asociadas con el jazz contemporáneo. Si en anteriores ocasiones ha habido nombres que han brillado por encima de los demás, en ésta todos los conciertos han rayado a gran altura desde la primera semana. Y se han visto satisfechos los variados gustos del público con propuestas diversas que abarcan desde el jazz más académico hasta el las excentricidades fronterizas, u otros planteamientos que se acercan al género de manera más tangencial. En este sentido el Festival constituye un excelente muestrario de estilos del que ningún buen aficionado puede, honestamente, sentirse excluido. Así, hemos asistido a magníficas noches de jazz clásico, en las que hemos disfrutado de algunas de las piezas más emblemáticas del género de la mano de algunas de sus figuras más ilustres. Es el caso de la Dizzy Gillespie All Stars, con los míticos James Moody o Slide Hampton, que además de su veteranía aportaron el elemento de bebop, la quintaesencia de lo que todos entendemos por jazz, que todo festival debe tener, pero también el de Lee Konitz, que a sus 80 años mantiene su fidelidad a una forma de interpretar el jazz que fue rupturista y a contracorriente en su día. Asimismo fueron ocasiones espléndidas de disfrutar de obras maestras del género las actuaciones del mencionado Kurt Elling o la de versátil Michael Philip Mossman. La del primero, con la Granada Big Band, supone una vía abierta para que los talentos locales participen del evento, una iniciativa que debe mantenerse como caldo de cultivo en el que los jazzistas más cercanos puedan desarrollarse como músicos y aprender junto a estrellas de nivel internacional. En el caso del segundo, en un interesante proyecto de producción propia que se verá culminado con la edición el próximo año de un disco con el resultado de la experiencia que aunó al cine con el propio jazz. Habrá que animar a los organizadores a incidir en este tipo de aventuras. Junto a Elling, el siempre bien recibido jazz vocal, estuvo representado, además de con la riojana Ángela Muro, por las sugerentes voces de la majestuosa Lizz Wright, una de las gargantas más atrayentes del presente y preñada de futuro, y la exquisita Eliane Elias, que también aportó el elemento brasileño, que tan fructífera simbiosis ha hecho con el propio jazz desde hace 50 años. El sector más adicto a los sonidos modernos e innovadores también pudo ver satisfecha su demanda con las excelentes actuaciones que Nicholas Payton dio mirando a las raíces o Chris Potter y sus Underground al futuro. La excelencia alcanzada por esta edición no puede olvidar tampoco el exotismo al que el jazz siempre se ha prestado con la actuación de Hafer Modir, acompañado por el Trío Andaluz, o la simpatiquísima noche que nos regaló un Stefano Bollani que, cambiando los planes ante la súbita enfermedad del anunciado Enrico Rava, dejó algunos de los momentos más memorables del Festival. Finalmente habría que reflexionar acerca del papel que juegan las actuaciones programadas en paralelo. Desde las propuestas que sacan el jazz a la calle, o lo llevan al Conservatorio o la Universidad, hasta las tendencias más bailables y electrónicas que se miran en el jazz, y que se programan en colaboración con algunas salas de la ciudad, todas ellas han de recibir el impulso necesario para que los muchos aficionados que parecen existir, se animen a participar en ellas, más allá de las inolvidables veladas que tienen lugar en el marco del Teatro Isabel la Católica. Habrá ocasión de lograrlo en la próxima edición de 2009, la trigésima.
  • Kurt Elling con la Granada Big Band 
    domingo 23 de noviembre 2008 Teatro Isabel la Católica Granada
    Una despedida a lo grande
    por Enrique Novi - IndyRock
  • A lo largo de este Festival hemos ido al cine con Michael Mossman, hemos paseado por Nueva Orleáns de la mano de Nicholas Payton, hemos revivido los 50 y el bebop con Dizzy Gillespie All Stars, y los 60 en California con Lee Konitz o en las playas brasileñas con Eliane Elias. Como colofón, el brillante concierto de clausura nos trasladó a los cuarenta, a la época de las big bands y los salones atestados de elegantes damas y soldados a punto de embarcar para ir al frente. La de Frank Sinatra. Y entonces las cosas se hacían a lo grande. Qué menos, si esos chicos iban a jugarse el pellejo tan lejos de casa. El espectáculo de Kurt Elling se mira sin rodeos en esa era de elegancia y oropel, pero también en esa otra tradición tan genuinamente americana del artista/showman, del cantante/monologuista. Y fue una verdadera delicia poder degustar una actuación de esas características, tan infrecuente por estos lares, como cierre de la actual edición. Además Elling es un cantante con una tesitura extraordinaria, que maneja con naturalidad y absoluta maestría tanto una voz que se revela como el más versátil de los instrumentos, como el tempo del concierto y ese sentido del espectáculo que sólo los artistas curtidos en los clubes con cortinas de terciopelo de las grandes ciudades estadounidenses poseen. El resultado de todo ello fue una actuación soberbia sabiamente dirigida por un endemoniado Kurt Elling, que domina el espacio escénico con personalidad y decisión. Comenzó rodeado por su habitual banda de acompañamiento -piano, contrabajo y batería- con la que se entiende a las mil maravillas para ofrecer una audaz selección de temas, que lejos de circunscribirse a su rico repertorio grabado o a los estándares habituales del género, que también los hubo, rebusca y encuentra canciones ajenas tanto al jazz como al pop anterior al rock and roll para llevarlas a su terreno y dotarlas del añejo sabor que aportaban a los clásicos las viejas grandes orquestas. Así, junto a la hermosísima My foolish heart o Samurai hee-haw de Mark Johnson, inercaló piezas como la sensacional Steppin' out de Joe Jackson. No deja de haber justicia poética en semejante rescate. Jackson, uno de los más dotados compositores de pop salidos de la new wave, capaz de aunar en una misma canción su admiración por Cole Porter y por los Beatles, pero irredento enamorado del jazz más lustroso, ve correspondida su devoción con versiones como la que ejecutó el domingo Kurt Elling. Entre unas y otras, el de Chicago impactó a los presentes con sus recursos vocales, con su habilidad para el scat y la improvisación. Y así llegó el turno para la colaboración con la Granada Big Band. Con un sonido brillante, enérgico, impecable acompañó la excelente lectura de los estándares que hizo Elling, como un intachable Sinatra en plena faena con Rat Pack. I only have eyes for you, Best is yet to come, Midnight sun, You make me feel so young, Lady is a tramp y la impresionante Luck be a lady, para redondear con Fly me to the moon. Una despedida para descorchar una burbujeante botella a la espera de que lleguen los primeros días de noviembre del próximo año.
  • Eliane Elias 
    sábado 22 de noviembre 2008 Teatro Isabel la Católica 
    El dulce susurro de la bossa nova
    por Enrique Novi - IndyRock
  • Con el corazón en un puño, los organizadores respiraron aliviados al ver salir puntual la estilizada figura de Eliane Elias, sobria y elegantemente embutida en un vestido negro sobre el que contrastaba su rubia melena. El público aplaudía ajeno a las eventualidades (vuelos retrasados, conatos de indisposición) que hasta el último minuto dejaban en el aire la certeza de su actuación. Sobrepuesta a las contingencias, la paulista se dispuso a ofrecer un concierto que propuso como un homenaje al 50º aniversario del nacimiento de la bossa nova, establecido con la publicación, en 1958, del primer álbum de O mito, Joâo Gilberto. Así pues, la suave sofisticación de la bossa se apoderó de un teatro receptivo con el dulce mecer de sus ritmos y el incomparable legado de sus melosas melodías que son por derecho propio éxitos universales de la música del S. XX. Así conformaron un exquisito concierto. Abrió con Ladeira da Preguiça del ministro Gilberto Gil, y continuó con Chega de Saudade, el primero de los inmortales de Vinicius y Jobim. A partir de entonces fue abriendo el abanico a otras sonoridades: música bahiana previa a la bossa, acercamientos más canónicos al jazz clásico y algún toque de samba. Comedida con el piano, al que se acercaba descalza de tacones, renunció deliberadamente a exhibir sus indudables habilidades en pro del tono intimista y sugerente del repertorio escogido. Salvo en un par de ocasiones se limitó, quien sabe si tal vez debido a una pequeña herida en uno de sus dedos, a una labor de acompañamiento para su aterciopelada voz, impecable, eso sí, y complementada por la que Marc Johnson aportaba con su contrabajo. Rubens de la Corte a la guitarra también adoptó un papel secundario, y todo ello unido dejó el camino libre al excelente batería Rafael Barata para el lucimiento. Tocando con todo el cuerpo, demostró ser seguramente, (tal vez con Willie Jones III de la Dizzy Gillespie All Stars) el más hábil y sutil de cuantos baqueteros han pasado por esta edición del festival. La magia de sus muñecas, auténticos artilugios de sentido dinámico y precisión, no pasó desapercibida para el público que le reconoció su buen hacer con la ovación más sonada de la noche. Así se fueron sucediendo Waltz for Debby de su maestro Bill Evans, Chiclete com banana, que también popularizara Gilberto Gil, They can't take that away de Gershwin, el estándar You and the night and the music o la juguetona A ra y Falsa Baiana de su reciente álbum recopilatorio "Bossa Nova Stories". Con el público encantado del paseo que por las playas brasileñas desde Porto Alegre a Salvador de Bahía, les proponía Elias, dejó para el final una deliciosa versión instrumental de Desafinado, con la que se arrancó finalmente a hacer un solo el batería Rafael Barata, y que también sirvió para el lucimiento del hasta entonces discreto guitarrista Rubens de la Corte. Sin dejar de aplaudir, el patio de butacas esperó un bis para el que guardaron la ineludible Garota de Ipanema, y que se vio completado con otro inevitable de un repaso a la bossa nova: So danço samba. Sólo con voz, piano, guitarra, contrabajo y batería, más de uno seguro que al llegar a casa, desempolvó un viejo vinilo para disfrutar de las entradas que a ambos temas hacía el saxo de Stan Getz. Lo pedía el cuerpo.
  • Chris Potter's Underground 
    viernes 21 de noviembre 2008 Teatro Isabel la Católica Granada
    Un fraseo torrencial
    por Enrique Novi - IndyRock
  • Exposición del tema y largos desarrollos posteriores, improvisaciones interminables con finales abiertos, sin guión; solos enfocados a la exhibición del virtuosismo de los músicos y más notas por minuto de las que caben en esta página. Si eso es lo que más pone al personal que acude a ver un concierto de jazz, tendremos que convenir que el que ofreció Chris Potter y su banda la noche del viernes cautivó como pocos hasta ahora al público ávido de emociones que acude al Festival. Potter, como su tocayo el famoso mago, fue un talento precoz que despuntó desde muy jovencito por sus dotes musicales y antes de poder sindicarse ya se codeaba con lo mejor del jazz norteamericano. Ha compartido estudio y escenario con los más ilustres nombre del jazz de los últimos veinte años, de Ray Brown a Mike Mainieri, de Jim Hall a Dave Holland. Sin embargo, es al frente de sus Underground como más a gusto se siente de poder dar rienda suelta a su desbordante expresividad. Hoy, convertido ya en un adulto aunque aún con toda la vida por delante, está considerado por la crítica mundial como uno de los saxofonistas más sofisticados y respetados del mundo. Su fraseo es torrencial, su toque exuberante y proverbial su potencia. Y así pudimos comprobarlo en un Isabel la Católica abarrotado en un concierto que no ofreció tregua por parte de ninguno de los excelentes músicos de su formación. Tan desbordante fue su planteamiento que se tornó algo lineal. El clímax se alcanzó pronto y ya no bajó el listón de modo que su actuación, siempre arriba, careció de los picos y las curvas que hacen oscilar al auditorio entre pasajes de calma y de tormenta. Así que su concierto más que plano resultó altiplano, aunque sin abandonar la excelencia. Abrió el de Chicago con Underground y Times arrow dos de sus temas más recientes, para seguir con dos inéditos, uno de los cuales aún carecía de título. En contraste con otras figuras de esta misma edición, que han llenado su repertorio con un buen número de clásicos inmortales del género, Chris Potter mira siempre hacia delante sin darse oportunidad para la nostalgia. Algo que es de agradecer y aporta la frescura que se da por sentada pero que no siempre aparece en los conciertos de jazz. Con una sugerente versión del clásico de Joni Mitchell, Ladies of the canyon, un tema publicado cuando ni el propio Chris había nacido, demostró la riqueza armónica de su paleta y la apertura de miras con la que afronta las influencias que nutren su música. Para interpretarla cambió entonces por vez primera el saxo tenor por el clarinete bajo y además de la brillantez también dio muestra de su versatilidad. Con el discreto Craig Taborn cumpliendo su función frente a las teclas de su Fender Rhodes, el eficaz e incansable fondo rítmico de Nate Smith a la batería, y la mágica digitación de Adam Rogers con una sencilla guitarra Telecaster entre las manos,  enfocaron la recta final. Para el bis volvió a exhibir la amplitud de su enfoque llevando al terreno del post-bop sin concesiones con que planteó todo el concierto, con una versión de Morning bell de los sobrevalorados Radiohead. Y fue todo.
  • Hafer Modir & Trío Andaluz 
    jueves 20 de noviembre 2008 Teatro Isabel la Católica Granada
     Jazz con sabor oriental
    por Enrique Novi - IndyRock
  • Fuera de abono se presentaba el concierto de Hafer Modir con el Trío Andaluz de Jesús Hernández, Joan Masana y Pancho Brañas. El aforo se resintió por ello y se redujo a una cuarta parte de lo que suele ser habitual en las actuaciones del cartel principal. Habría que preguntarse por esta enorme diferencia de atención que presta el público a los artistas que entran en el abono respecto a los que no. Mientras el papel se agota con semanas de antelación para ver a unos, y el número limitado de abonos apenas está disponible durante los primeros días de venta, otros artistas tienen que bregar contra la desafección del respetable y conformarse con las migajas. Uno tiene la sospecha de que algunos de los que han llenado el teatro en noviembre, tendrían dificultades para completar un aforo mínimamente digno de no estar encuadrados en la oferta del Festival. El hecho constituye un éxito indudable de la Oficina Técnica, organizadora del evento, que ha conseguido convertir el Festival de Jazz de Granada en imagen de marca que vende por sí misma, muchas veces antes de que se haya anunciado el cartel completo. Pero también evidencia una cierta volatilidad del público del jazz, siempre bien dispuesto para con el principal evento dedicado al género en la ciudad, aunque bastante más renqueante a medida que la oferta se desplaza fuera de él. Así pues, con la baja densidad del patio de butacas, el piano de Jesús Hernández se antojaba menos sonoro que los de otros, el bajo de Joan Masana menos profundo, la batería de Pancho Brañas menos sutil. y el tono general más tenue. Sensación irreal. Poco a poco el trío fue llevando el concierto a su terreno y creando la atmósfera que andaban buscando para servir de embalaje a la cromática propuesta de Hafer Modir. El californiano de origen iraní recorre los pasadizos subterráneos que intercomunican las armonías persas con el compás flamenco, desde una visión jazzística. Así, entre tarantas, bulerías y soleás, se coló el espíritu inquieto e innovador de las composiciones de Thelonious Monk, como un referente del que no hay que distanciarse demasiado pero que permite incursiones musicales apasionantes. Asistimos a la relectura de alguna balada de Round midnight en clave cool, las playas de Río de Janeiro se llenaban de bop y las melodías de Monk de arreglos de fusión, aunque los temas del álbum Bensha Alegria acabaron por inundar el teatro de sincopados ritmos arábigos y andalusíes. La bulería Laura y la Soleá flowing de Chano Domínguez dieron paso a Tabriz, una pieza hipnótica e inquietante, de aroma oriental y psicodélico que estiraron más allá del límite en un alarde de expresividad. Modir desposeyó a su saxo tenor de la boquilla para crear texturas inauditas que sólo un elefante malherido sería capaz de crear. El público obsequió con un fuerte aplauso el despliegue y el californiano correspondió con un bis breve y hermoso. A solas con su saxo reprodujo una melodía que dijo haber aprendido por las callejuelas de la ciudad.
  • Alhambra New Jazz Experience: Jazzinvaders
    Viernes 14 de noviembre - Sala BoogaClub
    Jazz entre humo y sudor
    Por Enrique Novi / IndyRock
    Como cada año, los organizadores del Festival Internacional de Jazz de Granada programan una serie de actividades que se desarrollan en paralelo al cartel principal donde los nombres de las estrellas brillan con luz propia. En el Conservatorio, en la Universidad e incluso en la calle, las actuaciones de artistas de menor relumbrón que los del programa central inundan de jazz otros espacios durante el mes de noviembre. Una de estas actividades es la llamada Alhambra New Jazz Experience. Se trata de una propuesta que tiene lugar en la sala BoogaClub y que pretende dar cabida a los planteamientos más lúdicos dentro del jazz, los enfocados a la pista de baile. En este espacio donde nadie advierte de la obligación de apagar los teléfonos móviles, donde no está prohibido fumar y donde se puede disfrutar de las actuaciones mientras se echan unos tragos, se recupera en parte el espíritu primigenio del jazz, que lejos de las veleidades artísticas que sus artífices perseguirían años más tarde, no tenía más meta que la evasión, la diversión y el baile en antros y garitos de techo bajo. En las antípodas de la sacralización con la que se experimenta el jazz en los teatros, una consecuencia de la asimilación académica que lo encorseta y lo presenta desprovisto de cualquier posibilidad aventurera, en la sala el jazz vuelve a mostrarse borroso y húmedo por el humo y el sudor, tal y como lo retrató Robert Altman en Kansas city. En este marco, ya el sábado 8 los británicos Haggis Horns ofrecieron una noche memorable. Debutantes como grupo y con un solo álbum publicado, el alabado "Hot Damn!" (First word, 2007), sus integrantes han formado parte de la Cinematic Orchestra y han tocado con Lou Donaldson y algunos pertenecen a la banda que acompaña actualmente a la controvertida Amy Winehouse. Su dominio de los ritmos del soul y el funk se funden en perfecta simbiosis con una visión danzante del jazz. Parecidos planteamientos, aunque algo más previsibles, los holandeses Jazzinvaders, presentaron este viernes su segundo largo, "Blow!" (Social beats, 2008) en el mismo escenario. Formados por el productor y percusionista Phil Martin, su música no disimula sus anclajes en el soul jazz y la fusión de los 70, aunque sin perder de vista los ritmos bailables del funk o el latin jazz de Mongo Santamaría, así como ciertos coqueteos con la bossa nova a cargo de su vocalista Linda Bloemhard.
    Lizz Wright 
    viernes 14 de noviembre Teatro Isabel la Católica Granada
    Misticismo y sensualidad
    por Enrique Novi - IndyRock
    Misticismo, sensualidad y una presencia escénica apabullante, majestuosa, rotunda. Eso es lo que vimos el viernes en el Isabel la Católica. La hermosa Lizz Wright dejó que sus músicos tomaran poco a poco el escenario y crearan el ambiente propicio para que ella, con los pies desnudos, apareciera caminando con parsimonia y elegancia para acometer los primeros versos de su tema Eternity. Como una ancestral diosa de ébano. Su voz sedosa acaricia las palabras y las envuelve en su arrullo con una naturalidad a la que no es posible sustraerse. Es sin duda un portento vocal cuyos mejores registros aún están por venir, pues sólo cuenta con 28 años. Crecida en una comunidad rural de Georgia al amparo del gospel que escuchaba en la iglesia de la que su padre era predicador, su estilo emparenta directamente con el de otras grandes cantantes sureñas (Flora Purim, Roberta Flack o Abbey Lincoln, pero también Norah Jones, la hija, como ella, de un pastor Oleta Adams e incluso, salvando las distancias, con Tracy Chapman) rebosantes de soul pero capaces de moverse con maestría por el jazz, el rhythm&blues o la llamada eufemísticamente urban music. Con todo, su propuesta está muy alejada de lo que buscan los fundamentalistas del jazz, que andaban farfullando lo melifluo y edulcorado de su directo. Y es cierto que su música se adapta sin fisuras al gusto más acomodaticio y menos audaz del espectro que la industria ofrece al público formado. Eso que se denomina pop de calidad para adultos. Resultan curiosos los diferentes matices que el término 'adulto' denota cuando se aplica al cine o a la música. Si en el primero se reserva la palabra para soslayar la más explícita "pornografía", en lo musical acaba adquiriendo siempre un tono peyorativo, que pone el acento en el aspecto de producto de la obra. Sea como sea, ni siquiera unos planteamientos reservones ni unos arreglos amanerados lograron ensombrecer el brillo dorado de la excelente voz de esta cantante. Lizz Wright desplegó su repertorio hasta completar los 14 temas, un número inusual por excesivo en un concierto de jazz, y una demostración de la cercanía de su propuesta desprejuiciada con el pop más asimilado. Así fue capaz de hacer sonar, imagino que vez primera en este festival, una canción del gran Neil Young. A Old man le siguió el blues de Ike Turner I idolize you (todo un sarcasmo teniendo en cuenta que seguramente la escribió pensando en su esposa Tina, a la que maltrataba sin remilgos), y de ahí fue alternando los temas de sus tres discos, Hey mann, Blue rose, Salt, Speak your heart, o su éxito Hit the ground, entre los que intercaló la tradicional y exquisita Walk with me, Lord y el tema Stop de Joe Henry, el productor y talento oculto de la música norteamericana, que ya incluyera en su álbum "Dreaming wide away". Se despidió con Peace flows, una pieza inédita que reservó para un bis precedido de los acompasados aplausos del público, que tanto sorprendió a Wright. "Nunca había oído aplaudir de esa manera" dijo.
      A mí me daban dos
      Danilo Pérez Trío con Lee Konitz
      jueves 13 de noviembre 2008 Teatro Isabel la Católica Granada
      Por Enrique Novi - IndyRock
    La noche se había templado un poco y el público se disponía a ver en concierto a uno de los artífices del nacimiento del cool. El mismo Miles Davis reconoció que Konitz dotó de carácter a Birth of the cool (Blue note, 1949), el acta fundacional del estilo que replicó con aire y sosiego al torrencial bebop. Y por el mismo precio, nos dieron dos. Danilo Pérez entendió que era preferible dar espacio a los octogenarios pulmones de Lee Konitz y dedicó la mitad de su actuación a acompañar al piano las vaporosas improvisaciones del saxo alto. Así convirtieron el tema L.T. en una lánguida suite de casi media hora a la que se iban asomando insinuaciones de la Samba de una nota só entre algún que otro estándar norteamericano. Las melodías se deslizaban sigilosas, como un ladrón enguantado de Hitchcock penetraría por la ventana de una casa. Tras una también extendida e intimista lectura de Thingin' el viejo Lee desapareció entre bambalinas para dar paso a Ben Street y a Adam Cruz, los dos compinches al contrabajo y la batería -cómplices los llamó él- de Danilo Pérez. Aprovechó el panameño para congraciarse por la victoria de Obama, pero su mención no despertó en el patio de butacas el entusiasmo que cabría esperar y decidió entregarse al piano. Es conocida su proverbial capacidad para adaptarse a diferentes músicos y estilos y ésta no iba a ser una excepción. Así comenzó a amoldar la música del trío al sonido que mejor iba a envolver el saxo de Konitz un poco más tarde. Y con un Bésame mucho que hizo que acabara cantando el público, consideró que lo tenía a punto. Volvió entonces el maestro y no pudo resistirse a reproducir con su elástico estilo las notas del viejo bolero de Consuelo Velázquez. Con Lee Konitz integrado, ahora detrás, ahora en un lateral, ahora paseando, el grupo ofreció su mejor cara. Sus solos alternaban con los del contrabajo de Ben Street. Adam Cruz realizó el suyo a la vieja usanza, rítmico y acompasado, mientras Pérez animaba a la concurrencia a acompañar con las palmas. A pesar de haber publicado dos álbumes en lo que va de año, su repertorio obvió deliberadamente sus últimos trabajos y rescató Panamá libre y otros viejos temas de Motherland (Verve, 2000) para fundir su sonido con el del último representante del jazz de la Costa Oeste (a pesar de haber nacido en Chicago), como antes lo había hecho con otros grandes del género como Wayne Shorter o el maravilloso Dizzy Gillespie, cuyos All Stars tocan esta misma noche de sábado en el Festival. Para no perdérselos.
    Dixieland deconstruido
    Nicholas Payton
    Domingo 9 de noviembre 08- Teatro Isabel la Católica
    Por Enrique Novi / IndyRock
    Nicholas Payton venía precedido de su condición de heredero de las grandes trompetas que conformaron la propia esencia del jazz primigenio surgido como él mismo a ritmo de marcha por las calles sin asfaltar de Nueva Orleáns. Desde el pionero Buddy Bolden al erudito Wynton Marsalis pasando por supuesto por la inconmensurable figura de Louis Armstrong, Payton se sitúa en la cúspide de la más noble estirpe de trompetistas de una ciudad sin competencia cuando hablamos de ese instrumento. Como una culminación de toda la sabiduría acumulada durante más de un siglo. Pero ese conocimiento de Payton es tan enciclopédico que no parece haber estilo que pueda resultarle ajeno. Su propia discografía es una historia resumida de la evolución del jazz, y aunque a priori se le suele enmarcar dentro de la tradición clásica, que vinieron a recuperar los llamados 'jóvenes leones', el sábado planteó un concierto de jazz no apto para oídos pacatos. Con todo el clasicismo más que asimilado, desarrolló una propuesta incómoda, hasta cierto punto indigesta, más basada en la música de búsqueda de los últimos 60 y los primeros 70. Después de haberse entregado a la reproducción de los primeros maestros del género (Jelly Roll Morton o King Oliver), de haber firmado discos con figuras legendarias como Doc Cheatman, con el que se llevaba cerca de ¡70 años! de haber formado parte del elenco que interpretó Kansas city, la película de Robert Altman que reconstruía el ambiente jazzístico de la ciudad en los años 30, y de haber grabado discos que se rendían a la tradición más arraigada de su ciudad natal ("Gumbo Nouveau" o el tributo a Armstrong "Dear Louis"), después de todo eso, decimos, Payton ha virado en sus últimos trabajos hacia terrenos más progresivos que han evidenciado el influjo que otro de los grandes trompetistas de la historia ha ejercido sobre él. Hablamos del Miles Davis de enormes gafas y vistosa vestimenta, el de "In a silent way". Y de sus más brillantes compinches como Wayne Shorter. Ya su penúltimo disco estuvo dedicado en exclusiva al saxofonista y en su reciente "Into the blue", un disco introspectivo y melancólico, ahonda en esa misma línea. Fue un privilegio que su concierto granadino fuera prácticamente una presentación de este álbum. Por eso, a algunos que sabían de la presencia de un Fender Rhodes sobre el escenario se le pusieron los ojos de bolilla. Finalmente no fue el propio Nicholas Payton el que se sentó frente a las teclas como se había anunciado, sino que lo hizo como músico invitado George Colligan, que la noche anterior había formado parte del Granada Film Project. Con este añadido, Payton pudo concentrarse en la trompeta, y en la voz, que utilizó para cantar -hecho inédito- el tema Blue, y con el aplomo de un sesudo ajedrecista se mostró distante, casi ausente. Hasta el final. Cuando vio la partida en el bolsillo se relajó, se puso hasta bromista y quiso sacar a bailar a la chica como mejor sabe hacer. Así se despidió pidiendo el concurso de un público al que hasta entonces había ignorado para interpretar I wanna stay in New Orleáns. Al igual que Armstrong hacía con ¿Sabes qué significa añorar Nueva Orleáns?
    Factoría de sueños
    Michael Philip Mossman & The Granada Film Project 
    sábado 8 de noviembre 2008 Teatro Isabel la Católica 
    por Enrique Novi - IndyRock
    Que nadie se llame a engaño. A pesar del nombre -The Granada Film Project- el grupo que abrió la 29ª edición del certamen de otoño estaba formado por reputadísimos músicos de las más contrastadas escuelas neoyorquinas. El encargo que el propio Festival le hizo a Michael Philip Mossman resultó todo un acierto y demostró que no siempre las producciones diseñadas desde dentro de los festivales tienen por que ser ni postizas ni extemporáneas. En este caso se proponía ofrecer un repertorio basado en la música de películas, algunas míticas, otras obras de culto, que tuvieran relación con el jazz. En algunos casos porque su banda sonora había sido compuesta en su día por músicos de jazz (como en Anatomía de un asesinato de Otto Preminger, con música de Duke Ellington o Ascensor para el Cadalso de Louis Malle, con banda sonora a cargo de Miles Davis), y en otros por ser el propio jazz y su universo el protagonista, como ocurre con Round Midnight de Bernard Tavernier o Bird de Clint Eastwood. Mossman es un hábil y dotado músico, además de fino arreglista y brillante compositor, que supo transitar por múltiples estilos, haciendo planteamientos diversos para las diferentes lecturas que se propuso para cada una de las piezas. Con el añadido de escenas escogidas del film proyectadas de fondo, el concierto inaugural del viernes por la noche acabó así siendo muy entretenido y del agrado del público. Ideal para abrir boca a las tres semanas de jazz que se avecinan. El mérito lo tuvo en parte el propio Mossman, que se rebeló también como un gran comunicador dispuesto a involucrar a la concurrencia, pero sobre todo, el magnífico nivel exhibido por los músicos que dirigía. El batería Gene Jackson ha integrado míticas formaciones, como el cuarteto que formó junto a Herbie Hancock, Wayne Shorter y Dave Holland, además de acompañar al primero durante varios años. Actualmente es profesor en el Queens College de Nueva York, al igual que Mossman y el fabuloso saxofonista Antonio Hart. Aún recordado por la apabullante actuación que ofreció hace ya algunos años en el festival Jazz en la Costa, el viernes, menos impetuoso y bastante más comedido que en su juventud, volvió a dejar constancia de su clase, maestría y versatilidad. Completaban el llamado Granada Film Project el pianista George Colligan, toda una garantía sobre las teclas para un buen número de figuras del jazz actual y el excelso contrabajista Lonnie Plexico, también asiduo acompañante y director musical de grandes nombres. Con tanto talento disponible fue una delicia disfrutar de la fidelidad con que reprodujeron temas de Anatomy of a murder o Ascenseur pour l'echafaud, las ligeras licencias que se concedieron con 'Round midnight, con el tema de Play misty for me (el film que supuso el debut de Clint Eastwood como director) o con Laura de la película Bird, donde el propio Eastwood recreó la azarosa vida de Charlie Parker, o las lecturas casi irreconocibles de San Sebastián de El invierno en Lisboa, The Hot Spot o un Moonriver de Desayuno con diamantes, petición expresa del director del festival. Para el bis se reservaron una breve Habanera de Chico y Rita, la película aún por estrenar de Fernando Trueba. Toda una exclusiva que sirvió de perfecto colofón.

    Programación
    Del 8 al 23 XXIX FESTIVAL INTERNACIONAL DE JAZZ DE GRANADA Lugar: Teatro Municipal "Isabel la Católica"
    Día 8, sábado XXIX FESTIVAL INTERNACIONAL DE JAZZ DE GRANADA MICHAEL PHILIP MOSSMAN AND THE GRANADA FILM PROJECT, con Antonio Hart, Gene Jackson, George Colligan y Lonnie Plaxico Lugar: Teatro Municipal "Isabel la Católica" Hora: 21'00
    Día 9, domingo XXIX FESTIVAL INTERNACIONAL DE JAZZ DE GRANADA NICHOLAS PAYTON QUINTET Lugar: Teatro Municipal "Isabel la Católica" Hora: 21'00
    Día 13, jueves XXIX FESTIVAL INTERNACIONAL DE JAZZ DE GRANADA DANILO PÉREZ TRÍO con LEE KONITZ Lugar: Teatro Municipal "Isabel la Católica" Hora: 21'00
    Día 14, viernes XXIX FESTIVAL INTERNACIONAL DE JAZZ DE GRANADA LIZZ WRIGHT Lugar: Teatro Municipal "Isabel la Católica" Hora: 21'00
    Día 15, sábado XXIX FESTIVAL INTERNACIONAL DE JAZZ DE GRANADA DIZZY GILLESPIE ALL STARS con Slide Hampton, James Moody, Greg Gisbert, John Lee, Cyrus Chesnut y Vicent Ector Lugar: Teatro Municipal "Isabel la Católica" Hora: 21'00
    Día 16, domingo XXIX FESTIVAL INTERNACIONAL DE JAZZ DE GRANADA ENRICO RAVA Y STEFANO BOLLANI Colabora el Instituto Italiano de Cultura Lugar: Teatro Municipal "Isabel la Católica" Hora: 21'00

    Día 18, martes XXIX FESTIVAL INTERNACIONAL DE JAZZ DE GRANADA EN PARALELO. CICLO GRANADAJAZZ ANGELA MURO BAND Lugar: Teatro Municipal "Isabel la Católica" Hora: 21'00
    Día 20, jueves XXIX FESTIVAL INTERNACIONAL DE JAZZ DE GRANADA EN PARALELO. CICLO GRANADAJAZZ HAFEZ MODIR & TRÍO ANDALUZ, con Pancho Brañas, Jesús Hernández y Joan Masana Lugar: Teatro Municipal "Isabel la Católica" Hora: 21'00
    Día 21, viernes XXIX FESTIVAL INTERNACIONAL DE JAZZ DE GRANADA CHRIS POTTER'S UNDERGROUND Lugar: Teatro Municipal "Isabel la Católica" Hora: 21'00
    Día 22, sábado XXIX FESTIVAL INTERNACIONAL DE JAZZ DE GRANADA ELIANE ELIAS Bossa Nova Stories Lugar: Teatro Municipal "Isabel la Católica" Hora: 21'00

    Día 23, domingo XXIX FESTIVAL INTERNACIONAL DE JAZZ DE GRANADA KURT ELLING QUARTET con la GRANADA BIG BAND Lugar: Teatro Municipal "Isabel la Católica" Hora: 21'00


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    2011
    McCoy Tyner Trio con Jose James & Chris Potter
    Christian McBride Trio 
    Stacey Kent 
    Dave Holland & Pepe Habichuela
    con Josemi Carmona

    Enrique Valdivieso Band con Ryo Kawasaki & Edith B.
    Toumani Diabaté Quartet


    Jazz Viene del Sur: David Liebman & Dani de Morón con Guillermo McGill 
    Roy Haynes Fountain Of Youth Band 
    Ray Lema African Jazz Trio

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