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VÍDEO * ROGER WATERS, ATARFE, GRANADA,
MAYO 2008 * ARCHIVO HISTÓRICO INDYROCK
VÍDEO:
TELEIDEAL-EVASIÓN-INDYROCK
ROGER WATERS
ROGER WATERS ANUNCIA SU GIRA DE DESPEDIDA THIS IS NOT A DRILL
TOUR 2023
21 DE MARZO EN EL PALAU SANT JORDI DE BARCELONA
23 Y 24 DE MARZO EN EL WIZINK CENTER DE MADRID
Roger Waters gira de despedida en marzo en Barcelona y Madrid
Esta gira marca la primera vez que Waters actúa en un escenario
360º.
Tras el gran éxito de la gira TINAD 2022 en EE.UU., que incluye 43
espectáculos en 33 ciudades de EE.UU. y Canadá, esta gira incluirá
41 espectáculos en Europa.
El espectáculo incluye 20 canciones clásicas de Pink Floyd y Roger
Waters, entre ellas: "Us & Them", "Comfortably Numb", "Wish
You Were Here" y "Is This The Life We Really Want?". Además,
Waters estrena una nueva canción, "The Bar".
Waters se encarga de la voz principal, las guitarras, el bajo y el
piano, y estará acompañado en el escenario por Jonathan Wilson, en
las guitarras y la voz; Dave Kilminster, en las guitarras y la
voz; Jon Carin, en los teclados, la guitarra y la voz; Gus
Seyffert, en el bajo y la voz; Robert Walter, en los teclados;
Joey Waronker, en la batería; Shanay Johnson, en la voz; Amanda
Belair, en la voz, y Seamus Blake, en el saxofón.
"This Is Not A Drill" es un nuevo y rompedor espectáculo de rock
and roll/cinematográfico, es una impresionante denuncia de la
distopía corporativa en la que todos luchamos por sobrevivir, y
una llamada a la acción para AMAR, PROTEGER y COMPARTIR nuestro
precioso y precario planeta y hogar.
El espectáculo incluye una docena de grandes canciones de la ERA
DORADA de PINK FLOYD junto a varias canciones nuevas, letra y
música, mismo escritor, mismo corazón, misma alma, mismo hombre.
Podría ser su último hurra.
"¡Wow! ¡Mi primera gira de despedida! No os lo perdáis. Love R".
Roger Waters, The Wall
29 de marzo de 2011 Palau Sant Jordi, Barcelona
por Pedro Ayuso - IndyRock
Fotos Quim Cabeza- IndyRock
Pink Floyd ha pasado por diferentes y multiformes fases a lo largo
de los años pero, sin duda, la escisión del grupo de su bajista por
causas “casi” irreconciliables ha sido una de las más escritas.
Roger Waters abandonó el “fluido rosa” a mediados de los ochenta,
convencido de que había escrito su obra magna -The Wall-, y en
desacuerdo creativo con las inquietudes que imperaban dentro de la
banda británica en aquellos años. Las disidencias iniciales no
pudieron limarse con el dialogo y tuvieron que encontrarse en los
tribunales para llegar a un acuerdo que sentenció que el grueso del
grupo mantendría el nombre y buena parte del repertorio mientras
Roger Waters continuaría como tal más la autoría, prácticamente en
exclusiva, de The Wall. Aunque el bajista ha editado algunos discos
en solitario y ha colaborado puntualmente con la banda, “El muro” ha
sido el motor principal de su proyecto.
Una pared maestra que se publicó en 1979 como canal vehicular a una
excelente película de animación, donde excelentes dibujos daban
sentido a un guión políticamente comprometido que en su momento tuvo
gran repercusión. Con los años el argumento del The Wall no sólo no
está marchito sino que deviene más actual que nunca. Con
veinticuatro trailers y un entramado logístico de gran envergadura,
The Wall se ha conformado como un macro-espectáculo audiovisual. Dos
combos de instrumentación para una docena de músicos se asientan
sobre el escenario mientras una gran pared configura el fondo donde
proyectar las imágenes del show. Luces de todo tipo iluminan el gran
espacio donde un Waters omnipresente trascribe su obra -“Another
brick in the wall”, “Goodbye cruel World”, “Hey You”, “Outside
The Wall”…-, entre fuegos de artificio e inflables. Casi tres horas
de entretenimiento, de producción milimétrica, en un recinto
abarrotado y sumiso que no dudó aplaudir este gran show. Waters sabe
que su actual propuesta es infalible aunque recordó su enorme
frustración cuando años atrás su propuesta -la misma que hoy triunfa
en todo el mundo-, no funcionó. Si algo queda, es que puedes
disfrutar incluso de cara a “La Pared”.
Atarfe- Granada - España 9-5-2008
Waters entusiasmó a los 20.000 espectadores que acudieron, pese a la
lluvia, a la cita granadina.
Fotos: Lucía Rivas
+ Crónica: Jesús Sánchez
Waters-Floyd, estandarte de una era
Por Jesús Sánchez / IndyRock
Granada, 9 de mayo de 2008. 19 horas. Miro al cielo, y la palabra
'waters' repica en mi cabeza. El manido juego de palabras está
hecho. Jornada lluviosa en Granada, agua que cae del cielo. Se
supone que ese cielo será, dentro de unas horas, un festival de
luminotecnia. Y algunas de esas nubes, espero, un cerdo volador.
La organización ha confirmado que, con lluvia o sin ella, Waters y
los suyos estarán sobre el escenario.
20,00 horas. La expectación, y el ambiente, al llegar a las
cercanías del campo de futbol, es enorme. No es para menos. Única
cita de Waters este año con su público en la Península, todo un
tanto que se apunta el ayuntamiento de esta pequeña ciudad del rock
(ésta de verdad lo es) que es Atarfe.
22 horas. Comienza el espectáculo. Miles de personas se agolpan en
las primeras filas para ver como Waters y su grupo aparecen, al
igual que el año pasado en Barcelona, con míticos oldies de fondo,
bajo el espectacular pantallón de fondo. Ha habido un par de cambios
en la banda recientemente, ya que tanto Andy Fairweather-Low como
Katie Kissoon tenían otros comprmisos, siendo reemplazados por
Chester Kamen (que ya estuvo con Waters en la anterior gira de 2002)
y la vocalista Sylvia Mason. Como siempre, el comienzo es vibrante
con "In the flesh" , aunque con un pequeño apagón sonoro hacia el
final que se corrige rápidamente.
El show es calcado a cualquier otro de esta gira que lleva dos años
recorriendo escenarios por todo el globo. Tal vez sea una de las
pocas cosas reprochables. Muchos fans de Pink Floyd preferirían un
poco de factor sorpresa, pero así son las cosas en las macro-giras:
todo está estudiado al detalle. Y se repiten los mismos números, en
cada canción. Tras el corte sonoro continua el show con la amorosa
"Mother", con el impecable, limpio como una patena, sonido de la
acústica de Waters que se va abriendo camino hasta la gloriosa
demostración vocal de la corista, que esta vez, al no estar presente
la preciosa Katie Kissoon, la responsabilidad recae en su sustituta.
Cae después un clásico de la época más lisérgica de los Floyd, la
espesa "Set the controls for the heart of the sun", seguida de uno
de los platos fuertes, ese blues espacial que es "Shine on you crazy
diamond". Más de diez minutos de éxtasis interestelar, con esa
inconfundible intro, las desgarradoras notas de guitarra y la
triunfal entrada de la sección rítmica. Tras ella, más cortes del
mismo disco, con "Have a cigar" y "Wish you were here" empalmadas
como en el disco original, "Southampton dock", "The Fletcher
memorial home".hasta ahí todo impecable.
Comienza a llover, estampida de buena parte del respetable, buscando
refugio. Pero el show continúa.
Llega la conocida parte donde la egolatría de Waters cobra
protagonismo, con dos cortes más recientes de su obra en solitario,
alejados ya de la genialidad de sus obras con la banda. "Leaving
Beirut" es un correcto alegato anti-bélico, y a "Perfect Sense"
tenía la gracia justa de ver a un astronauta volando sobre nuestras
cabezas, pero ese elemento no apareció en Atarfe, aunque si hubo
cerdo volador justo después con "Sheep". Un cerdo de estreno, por
cierto, graffiteado por El niño de las Pinturas. Curioso.
La cara oscura
Descanso, avituallamiento, y asistimos al comienzo del leit motiv de
esta gira. "The Dark Side of The Moon", íntegro, magistral , único.
Grandísimo show en lo visual y en lo musical, con el inquietante
comienzo, la explosión sonora de "Breathe", los himnos "Time", "Us
and them", "Money". pura perfección. Dave Kilminster mantiene el
pulso en esta secuencia de irrepetibles solos de guitarra, y
calca a la vez de la voz de Gilmour, tanto que casi hace que te
olvides del genial guitarrista. Aunque bueno, Gilmour sólo hay uno.
En definitiva, una hora repasando una obra que fue estandarte de una
época, que catapultó a Pink Floyd a un status superior al de
cualquier banda coetánea.
Y para los bises, más mitomanía, con una mini representación de "The
Wall", en sus trayectos más conocidos, con puntos álgidos
seleccionados para que sirvan de brillante final, con el consabido
"Another brick in the wall (part 2)" y la maravillosa "Confortably
numb", una de las canciones más redondas de la historia del rock.
Curiosamente, un tema con música de David Gilmour, para poner broche
de oro a una noche intensa.
Hay que reseñar algunos fallos clamorosos de organización, como el
hecho de reservar los mejores asientos a invitaciones de empresa,
algo que me resulta extremadamente provinciano. El resto de asientos
sentados, de pago (o sea, abonados por gente que verdaderamente se
deja doce de los antiguos talegos por ver a un artista), se sitúan
al fondo del campo, con una visibilidad pobre y peor acústica. Desde
esa grada final apenas podías distinguir el escenario, ni percibir
el potente sonido que se presumía tendríamos. De mitad de pista
hacia delante la cosa tomaba sentido, pero el tan cacareado sonido
cuadrafónico que sí pudimos disfrutar en todo su esplendor en un
recinto cerrado como es el Palau Sant Jordi, se limitó aquí a un par
de efectos puntuales que tampoco aportaban gran cosa.
Una noche esplendorosa que dejó la sensación de que pasarán muchos
años para que tengamos la oportunidad de volver a ver un espectáculo
de ese calibre por estos lares. Quién sabe, a lo mejor Waters vuelve
a reunirse algún día con sus antiguos compañeros. Él está dispuesto
a hacerlo, y ya se vuelve a hablar con Gilmour. No están ya para
demasiados trotes, como decimos por aquí, pero sería grande volver a
ver, ya de verdad, sin mercenarios de por medio, al gran fluido rosa
esparciendo de nuevo su poder por el mundo.
Roger Waters: Dark Side, la locura intrínsecamente
humana
Por Jesús S. / IndyRock "Siempre he estado loco. Sé que estoy loco, como la mayoría de
nosotros. Es muy difícil explicar por qué se vuelve uno loco,
incluso cuando no lo estás". (Speak to me, The Dark Side of the Moon.)
Con esta intrigante frase arranca uno de los álbumes
más míticos de la historia de la música de nuestro tiempo. Cuando a
finales de 1971 Pink Floyd comenzaban a diseñar su nuevo trabajo
tras el alucinógeno "Meddle", Roger Waters atravesaba una de sus
famosas fases de "inspiración paranoica". Ya hacía unos años que la
sombra de Syd Barrett había dejado de cobijar la faceta más
sicodélica del gran fluido rosa. Pero que si en lo musical su
presencia ya era sólo un recuerdo del pasado, afectivamente su
recuerdo seguía estando muy presente en su antiguo colega Waters.
1971 fue un año de transición, tanto en el mundo del rock como en la
personal historia de Pink Floyd. El 68 y todo lo que trajo quedaban
ya lejos. Los grupos se hacían cada vez más poderosos, alimentando a
una industria que exigía con más ahínco un producto de masas por
encima de todo. Rock se conjugaba ya con mercadotecnia. Cuando los
Floyd grabaron "Meddle", ya tenían claro que se encaminaban a un
punto sin retorno. Atrás quedaba la experimentación arriesgada y las
inspiraciones psicotrópicas. Era el momento de dar a la música un
mayor peso, con una producción mucho más efectiva. "Echoes", la gran
suite que ocupa la mitad de "Meddle", recoge esas ideas. Sigue
habiendo un lugar para el riesgo, pero las bases del futuro sonido
Floyd están ya marcadas en ese gran tema.
Waters tenía clara la pauta a seguir. Otra cosa era la temática. Y a
eso ayudó su personal estudio sobre la locura intrínsecamente
humana, de la que Barrett había sido famosa cobaya. "The Dark Side
of the Moon" es el primer gran capítulo de esa concienzuda
exteriorización de temores y fobias que siempre rondaban la materia
gris de Roger Waters. Los posteriores álbumes de los Floyd ahondaban
en la miseria humana y la locura. Pero ese primer gran paso se dio
en "Dark Side". El dinero, la vejez, la inmisericorde desigualdad
entre el primer y tercer mundo.todo ello está presente en el disco.
Y todo se relaciona de un modo u otro a ese lado oscuro de nuestra
esencia terrenal. Tal vez esa luna que no atisbamos sea precisamente
la porción exacta de nuestra naturaleza por la cual el ser humano se
convierte en predador de sí mismo. Como la luna influye sobre las
mareas, influye el mal, tan obscenamente natural, en nuestro
desarrollo personal. Y, como se adivina en esas extrañas palabras
iniciales, todos estamos abocados a, en algún momento de nuestra
vida, sufrir las consecuencias, por activa o por pasiva, de esa
cruel influencia.
Ahora, 35 años después de su publicación, Waters
ha querido rescatar la obra que hizo de Pink Floyd uno de los
best-sellers de la historia del rock. Respetando el impecable sonido
original (tarea en la que colaboró otro perfeccionista de nuestro
tiempo, Alan Parson), el gran montaje que Waters trae este año a la
granadina localidad de Atarfe, es fiel a esa grandilucuencia marca
de la casa desde comienzo de los 70. Sonido cuadrafónico, gran
escenario, una banda insuperable, proyecciones, objetos
voladores.todo lo que se pueda contar no haría justicia a la
experiencia que ya tuvimos la suerte de vivir el pasado año en
Barcelona. Pero el show será eso y mucho más. Habrá sitio para otros
clásicos de la banda, joyas rescatadas de "Wish you were here",
"Animals", o "The Wall". Y para los fans más aventajados, tendremos
incluso material del canto de cisne de Waters con los Floyd, el
injustamente infravalorado "The final cut". En definitiva, serán
tres horas cercanas a la perfección en lo musical y en lo visual.
Perdérselo es, simplemente, dejar pasar una oportunidad única de
vivir de primera mano, uno de los capítulos más gloriosos de la
historia del rock. 21-04-2007
Palau de Sant Jordi Barcelona
Fotos Natalia Moreno - IndyRock CrónicaPor Jesús Sánchez- IndyRock
Roger Waters. The Dark Side Of The Moon Live
Barcelona, Palau de Sant Jordi. 23-4-2007
Por Jesús Sánchez- IndyRock
Volvía Roger Waters a Barcelona, seis años después de su
anterior actuación, en un concierto enmarcado en una nueva gira de
homenaje a otra de las obras cumbre de Pink Floyd. En esta ocasión
miles de fans de todas las edades y procedencia del viejo fluido
rosa nos congregábamos en un abarrotado Palau de Sant Jordi, con la
totalidad de las entradas vendidas desde hacía semanas y con
la expectación propia de quienes saben que van a ser testigos de un
espectáculo de alto nivel, en un recinto inmejorable. Porque eso es
lo que ofrece hoy en día Waters. A falta de nuevas obras maestras,
con la negativa por parte de Gilmour de resucitar la formación
clásica de la legendaria banda, Waters tiene claro que su público
seguirá llenando pabellones y estadios con el mero pretexto de
volver a experimentar in situ las sensaciones que produce un
espectáculo de ese calibre. Ver a Roger Waters en 2007, tantos años
después de que esas obras fueran creadas, supone por tanto un
placentero ejercicio de nostalgia. Y Waters sabe corresponder con
profesionalidad y pulcritud; le acompaña una banda que ya de por sí
es espectáculo puro, muy similar a la que le cubría las espaldas en
la gira anterior. En el universo pinkfloydiano, otro ingrediente es
vital: el espectáculo visual. Waters sigue cuidándolo al máximo.
Música e imagen siguen complementándose perfectamente para entender
el mensaje que cada obra supuso.
El set list está minuciosamente pensado para ello, dividido en tres
partes: una primera de temas clásicos acompañados por otros temas
menos conocidos. La segunda, la interpretación integra de "Dark Side
Of The Moon", y como bises, una parte de "The Wall". Las
condiciones acústicas del Palau, bastante decentes de por sí, se
vieron mejoradas con un sistema único de sonido que hace que la
fidelidad de lo que se escucha alcance altos niveles de
calidad.
PRIMERA PARTE
Treinta minutos antes de la hora convenida, una pantalla gigante de
video al fondo del escenario emite la imagen de una habitación de
aspecto retro, con una radio antigua en la que suenan rockers de los
cincuenta. Una botella de Johnnie Walker en primer plano, una mano
que se acerca y que se sirve un trago, mientras cambia de emisora y
suena el mítico "We´ll meet again" de Vera Lynn en la radio. El humo
de un cigarrillo que parece salir de la pantalla, mientras el
público, expectante, se comienza a preguntar como va a empezar todo.
A las 9:30 clavadas, los músicos toman posiciones. La alargada
figura de Waters aparece bajo en ristre para gritar el mítico "Ein,
zwei, drei..." con el que comienza "In the flesh", el enérgico tema
que habría "The Wall" y con cuya segunda parte se iniciaba el show,
entre explosiones e imágenes sicodélicas. Un comienzo fulgurante y
efectista que hizo levantar miles de puños en el Palau. Tras él, una
sosegada "Mother", impecablemente ejecutada por la banda y coreada
por la mayoría. Waters se muestra, como siempre, entusiasta con su
banda y con su público. Nunca será un showman, pero su carisma está
en esas composiciones tan brutales. Y qué decir también de temas
como los que siguieron: "Set the controls for the heart of the sun",
enigmática canción de aquel lejano "A saucerful of secrets" en cuya
grabación ya apenas intervino Syd Barrett.
O el triple repaso a "Wish you were here", homenaje a Syd Barrett
con "Shine on you crazy diamond", "Have a cigar" y el tema título,
que fueron engarzados tal y como suena en el disco, con la
mano de la pantalla gigante cambiando las emisoras de la radio, y el
sonido de la guitarra acústica dando entrada a un tema tan mítico
como la persona a la que iba dirigido. Hubieron algunos
momentos para fans muy fans, como la inclusión de dos temas del
infravalorado "The final cut" ("Southampton Dock" y "The Fltecher
memorial home", que sirvió para dejar clara la poca simpatía que
siente Waters por Bush, la Thatcher y los políticos conservadores en
general, aunque Blair también recibió cera) o las dos referencias a
sus trabajos en solitario, "A perfect sense" (con un astronauta
sobrevolando nuestras cabezas) y "Leaving Beirut", un tema menor
pero acompañado por la genial proyección de un comic contando la
historia de fondo, la de un Waters más joven haciendo auto-stop por
las carreteras del Libano. Por cierto, durante este tema, Waters fue
abucheado en algunos conciertos por los Estados Unidos.
El final de este primer set llega con "Sheep", donde hace su
aparición el mítico cerdo volador, un clásico de la iconografía del
rock de los 70, y que en este caso poco tiene que decir, ya que la
canción va sobre las ovejas y no sobre los cerdos, pero es un bonito
recuerdo al monumental "Animals" y a su correspondiente gira en
1977.
SEUNDA PARTE: THE DARK SIDE OF THE MOON
A partir de ahí nada más y nada menos que un "Dark side of the moon"
tocado de cabo a rabo. Magistral la banda en la ejecución del
clásico, con menos protagonismo de Waters que deja a John Carin y a
Dave Kilminster el peso de las voces (recordemos que temas como
"Time", "Us and them o "Money" los cantaba David Gilmour). Desde el
inicial "Breathe" fueron sucediéndose los temas de esta obra, con
preciosos efectos de luz, proyecciones, el sonido de los relojes o
de la caja registradora...las referencias al dinero y al poder, al
paso del tiempo por las personas, a la soledad... elementos
imprescindibles que esa gran obra va poniendo delante de nuestras
narices, acompañados por una soberbia música. La ejecución fue tan
fiel a la original que apenas dejaba lugar a la experimentación o
improvisación. Ya habíamos visto a Waters interpretar "The Wall"
cuando cayó el Muro de Berlín. Los Floyd de Gilmour también basaron
su última gira en "Dark side...", con resultados similares a los de
Waters: tanto él como Gilmour saben que lo importante en su música
es la fiel representación de las canciones. Los temas más
representativos suenan tan bien como siempre lo han hecho. No está
Gilmour pero Dave Kilminster clava los solos de "Money" y "Time", y
el resto de la banda cumple sobradamente en la ejecución de pasajes
más instrumentales. Inmensa obra e inmensa ejecición.
TERCERA PARTE: BISES
Como colofón a un concierto inolvidable, Waters tira de la que tal
vez sea su obra más personal, "The Wall". Pudimos disfrutar
con media hora de la obra conceptual más ambiciosa de todos los
tiempos. Comienza con "The happiest days of our lives" y la
celebérrima "Another brick in the wall (pt.2)". Continuó con
un tramo de la segunda parte de la obra, el que arranca con "Vera",
y que tras "Bring the boys back home" desemboca en la que
probablemente es la mejor canción de la banda y que además incluye
el mejor solo de guitarra jamás grabado, un impresionante
"Confortably numb" que nos deja a todos confortablemente anonadados.
El mejor colofón posible, para un concierto que rozó las tres
horas.
LA BANDA Mención aparte a la banda, que en todo momento
consiguió que apenas echáramos de menos a los músicos que
originalmente interpretaron las canciones. Jon Carin, un veterano
miembro de apoyo tanto para los Floyd de Gilmour, Wright y Mason
como para Waters. Capaz de crear mil sonidos a los teclados, labor
que comparte con Harry Waters (hijo del jefe), y de cantar en un
registro muy similar al de Gilmour. Dave Kilminster, excelente
guitarrista que nos dejó con la boca abierta en los solos de "Time"
o "Money" y que rozó la perfección en "Confortably numb", además de
hacerse también cargo de algunas de las partes vocales. Al saxo,
repite Ian Ritchie con su momento estelar durante "Us and them"
Perfecto a la batería y percusión Graham Broad, que levantó una
ovación con la intro de "Time". Dos viejos amigos de Waters, piezas
fundamentales en las giras del inglés, son Andy Fairwather-Low y
Snowy White. Los dos guitarristas ejercieron labores rítmicas menos
brillantes pero son pieza esencial en la banda. White además dejó
algún solo cosecha propia durante "Another brick in the wall" y
"Confortably numb", pero en mi opinión quedó ensombrecido por la
brillantez de Kilminster. Y finalmente las chicas, cada una tuvo su
momento estelar. Emocionante volver a ver a Katie Kisson dar la
réplica a Waters durante "Mother". Subió el listón P.P. Arnold en "A
perfect sense". Entre lo mejor de la noche, el impresionante poderío
vocal de Carol Kanyon en "The great gig in the sky". Y por encima de
todos, como no, Roger Waters. No es un perfecto instrumentista, no
tiene una gran voz (dicen que algunas las lleva pregrabadas, yo no
lo noté), pero bueno, quién necesita todo eso si has derrochado
talento a sacos durante cuatro décadas. Vivirá de esas rentas lo que
su público le permita. ¿Acaso no lo tiene ya suficientemente
merecido? Pertenece a esa raza de artistas de una magnitud tan
elevada que esas cuestiones está ya fuera de toda discusión. Dylan,
Stones, Van Morrison, Waters y Gilmour...mitos vivos, representantes
de lo mejor que ha dado la música moderna a lo largo de su historia.
Especies en peligro de extinción a las que hoy, desde una falsa
actitud de forzada modernidad ponemos todo tipo de pegas pero que
echaremos en falta algún día. Espero que ese día aun esté
lejos.
Otro
ladrillo en la pared
por Roberto Garza Iturbide
"Es el mejor concierto de mi vida", soltó con pureza un amigo
después de ver a Roger Waters en el Foro Sol de la ciudad de México,
donde la noche del 6 de marzo se avistó un puerco psicodélico
flotando frente a una bellísima luna llena, luminosa y sombría al
mismo tiempo, en una inolvidable sesión en directo de quien se
define a sí mismo como el cerebro de Pink Floyd.
El entusiasmo y entrega del público, la experiencia misma de
presenciar un acto tan bien producido y ejecutado, aunados al
efímero reencuentro en el concierto Live 8 hace dos años, alimentan
la esperanza de ver a Roger Waters, David Gilmour, Nick Mason y
Richard Wright tocando juntos como Pink Floyd.
La ilusión, sin embargo, se desvanece del imaginario de millones de
seguidores ante las palabras y acciones de Waters y Gilmour. Hay
verdades que duelen y ésta es una de ellas: no se quieren reunir.
Así que nada de reencuentro con gira mundial, muy a pesar de lo que
pide, reclama, exige y añora una inmensa base de fieles en los cinco
continentes. Mr. Pink
En diciembre de 1985, Waters anunció de manera unilateral que Pink
Floyd había llegado a su fin, pero los otros integrantes de la banda
continuaron grabando discos y presentándose bajo dicho nombre, lo
que provocó un pleito legal sobre derechos de autor y
regalías.
Tras un litigio que desgastó la relación entre las partes al grado
del repudio, los abogados llegaron a un acuerdo que permite a Waters
interpretar -y lucrar con- la música de Pink Floyd, desde The Piper
at the Gates of Dawn (1967) hasta el último disco que hicieron
juntos, The Final Cut (1983), pero le impide componer música nueva
bajo el nombre de la banda.
El concierto del 6 de marzo, así como la gira internacional que lo
cobijó, más que un show de Roger Waters como solista, fue un
espectáculo con el sello de Floyd tatuado en cada una de sus partes.
Waters, un autor que no necesita colgarse de nadie, pero que por
alguna razón lo hace, parece gritar: "¡Yo soy el único y verdadero
creador de esta maravilla!".
Mucho más que música rock, Waters ofrece una "experiencia
artística", un acto que provoca estados elevados de conciencia e
hipersensibilidad sin la necesidad de ningún agente lisérgico.
Combina la tecnología audiovisual de punta con una interpretación
musical sublime, poseedora de un discurso tan inteligente como
tormentoso y que ha evolucionado a lo largo de cuatro décadas sin
perder un ápice de vigencia.
Lo cuestionable del caso es que se vende como Roger Waters, pero
interpreta la música de Floyd, con todo y el concepto artístico que
la identifica, que en suma es una obra colectiva y no propiedad de
un solo hombre.
Eclipse monetarista
La noche del 6 de marzo Waters bordeó la perfección, e igual que la
luna que lo flanqueaba, se mostró bifásico: una mitad luminosa,
congruente, y otra sombría, hipócrita.
Casi nadie lo notó, pero mientras deleitaba al público con su
ejecución magistral del álbum The Dark Side of the Moon, el
británico se mordió la lengua. Sucedió mientras cantaba el tercer
verso de "Money", que literalmente dice: "Dinero, es un crimen.
Repártelo con justicia pero no tomes una rebanada de mi pie".
Esa pieza la escribió hace 35 años como una crítica a la avaricia y
el monetarismo imperantes. Ahora, cada vez que la canta, no puede
evitar morderse la lengua. Es como si dijera: "Floyd, es un crimen.
Repártelo con justicia pero no tomes una nota de mi obra".
Aquí el problema tiene que ver con la congruencia. Waters es un
artista que se opone al abuso del poder, a la cultura bélica, a la
violencia, a la educación positivista y al conservadurismo político.
En la práctica ha procurado actuar en consecuencia, pero también ha
mostrado una faceta que lo acerca a la mezquindad humana que tanto
critica.
Como escribió en el remate de "Two Suns in the Sunset", la canción
que cierra The Final Cut: "Cenizas y diamantes, enemigo y amigo,
todos fuimos iguales al final".
La otra pared
Sus defensores podrán argumentar que "Waters es Waters y su
circunstancia", que "los actuales integrantes de Floyd tienen su
parte de culpa en el pleito" o que "se juzga la obra y no al
artista".
De acuerdo: la obra de Floyd raya en lo genial y en el mundo habemos
millones que la elevamos a alturas desproporcionadas. Pero también
es cierto que no es creación exclusiva de Waters, sino de una
extraordinaria agrupación de talentos que incluye al fenecido Syd
Barrett y, desde luego, a Gilmour, Mason y Wright.
No es necesario ser un experto en la materia para descubrir que los
músicos que acompañan a Waters en sus giras clonan sin el menor
empacho los sonidos de Floyd. Y lo hacen porque así lo exige el
"solista". No me parece justo. La guitarra, las percusiones, los
teclados, los arreglos y los efectos sonoros son los mismos que se
escuchan en la discografía floydiana, salvo en A Momentary Lapse of
Reason (1987) y The Division Bell (1994), grabados tras el
rompimiento y mismos que desde el punto de vista de Waters ni
siquiera merecen llevar el nombre de Pink Floyd impreso en sus
portadas.
Lo justo, honesto y a la vez más deseado por la nutrida legión de
seguidores de Floyd en el mundo, sería que Waters, Gilmour, Mason y
Wright fumaran la pipa de la paz y emprendieran una gira
internacional como Pink Floyd. Y que lo hagan pronto, antes de que
sea demasiado tarde.
Desafortunadamente, en el caso de Floyd lo justo y lo deseado están
peleados a muerte con la lógica, que en este momento indica que la
posibilidad de una reunión es mínima. Tras el incomodo palomazo de
tres piezas en Live 8, Gilmour declaró con frialdad que no habrá
rencuentro y al poco tiempo sacó un disco como solista que suena a
Floyd desgastado. La portentosa gira de Waters confirmó lo dicho por
Gilmour: cada quien por su lado y que los fans se queden con las
ganas.
Una enorme pared de ladrillos los divide. En ella se leen las
palabras "pasado", "rencor", "codicia", "enemistad" y "soberbia". A
los lejos, tal vez tan lejos como la luna, se escucha un coro que
entona "Tear down the wall!, Tear down the wall!..."
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