PLACE
TO BURY STRANGERS
UNA NOCHE DE CAOS SONORO QUE ENTERRÓ Y RESUCITÓ LOS ÁNGELES
CON UN MURO SÓNICO
The Belasco - 7 de Noviembre de 2025. Festival Substance * post
punk noise y electrónica industrial
GUILLERMO DE LA BARREDA * LOS ÁNGELES (USA) * Crónica y fotos.
INDYROCK
El 7 de noviembre, en el corazón del centro de Los Ángeles, bajo
las ornamentadas lámparas y la arquitectura morisca del The
Belasco, arrancó el primer día de Substance, un festival dedicado
al post-punk más oscuro, el noise y la electrónica industrial. La
banda que me trajo hasta aquí fue
A Place To Bury
Strangers. Esta banda neoyorquina, formada por Oliver
Ackerman (guitara y voz), John Fedowitz (bajo y voz) y Sandra
Fedowitz (batería y voz), es conocida por sus presentaciones
atronadoras y su muro de sonido. Lo que siguió fue una experiencia
casi ritualística que dejó huella; una batalla sónica
ensordecedora no apta para los débiles de corazón. APTBS no sólo
subió al escenario para tocar un concierto; ejecutaron un ritual
de catarsis sonoro que dejó al público exhausto, extático y
parcialmente sordo.
Desde el primer momento, la banda neoyorquina dejó claro que no
había lugar para medias tintas. Oliver Ackermann, sumo sacerdote
de este sermón del caos, empuñó sus guitarras como si fueran armas
(dos de ellas acabarían destrozadas contra el escenario). Sus
acordes distorsionados estallaban, golpeando al público como una
pared de ladrillos hecha de puro ruido. La base rítmica, un muro
de contención en medio del torbellino, era implacable e hipnótica,
anclando el delirio en un groove que era imposible no seguir con
la cabeza.
Pero un show de APTBS es más que música; es una experiencia
sensorial total. El verdadero cuarto miembro de la banda es la
luz. Flashes estroboscópicos cegadores cortaban la oscuridad,
sincronizados con los golpes de batería como descargas eléctricas.
Momentos de penumbra eran repentinamente barridos por focos que
cegaban al público, mientras la niebla artificial convertía los
haces de luz en entidades físicas que luchaban con los músicos en
el escenario.
El concierto fue un viaje perfectamente calculado entre la
agresión pura y la belleza distorsionada. Canciones que esconden
melodías pegadizas bajo capas y capas de distorsión y feedback.
Fue una lección de cómo el caos, en sus manos, puede ser
profundamente conmovedor y terapéutico. No hubo un gran discurso,
ni lo necesitaba; la comunicación fue pura, visceral y directa a
través de su famoso muro de sonido.
En un clímax casi religioso, uno de los momentos más memorables
llegó a mitad de set, cuando el trío se internó entre el público.
Sin más instrumentos que un micrófono, un bajo y un tom de suelo,
Oliver, Sandra y John crearon una atmósfera ritual. Oliver sujetó
el micrófono de forma brusca, metiéndoselo parcialmente en su
boca, su voz emergió distorsionada, con lamentos viscerales. El
público, entre la fascinación y la inquietud, se dejó llevar: se
agitaba, ondulaba, como si formara parte de la ceremonia. No
parecía un concierto, sino un trance colectivo salvaje.
Después de ese pasaje íntimo y casi violento, la banda regresó al
escenario para cerrar su actuación con algunos de sus temas
clásicos y unas cuantas canciones más recientes. Cuando el último
eco del feedback se disolvió en el aire y las luces de la sala se
encendieron, la audiencia quedó momentáneamente en silencio, como
despertando de un sueño intenso y lúcido. Las conversaciones al
salir no eran sobre "qué buena canción", sino sobre "qué
experiencia". A Place To Bury Strangers no vino a entretener; vino
a purgar. Y en el hermoso y decadente marco del The Belasco,
lograron su misión: enterrar a los espectadores en un mar de ruido
para, de alguna manera, devolverles a la vida, los oídos zumbando
y el corazón latiendo con más fuerza. Una actuación imborrable
dentro del Substance Festival.
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