FOTOGALERÍA. FONTAINES D.C. MADRID. FOTOS: PAULA MARTÍN |
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FONTAINES D.C.
LA RABIA Y LA ÉPICA DE FONTAINES D.C. SACUDEN MADRID
Fontaines D.C. + Chalk. 22 de octubre de 2026. Movistar Arena,
Madrid
JAVIER ALONSO JULIÁ * CRÓNICA
Madrid arrastraba la pereza de un miércoles cualquiera hasta que
cinco dublineses decidieron que el Movistar Arena se convertiría,
por una noche, en el epicentro de un seísmo emocional. Fontaines
D.C. no venían a cumplir con el expediente; venían a certificar su
estatus de culto con su flamante “Dopamine Chamber” (XL
Recordings, 2026) bajo el brazo.
Los norirlandeses Chalk se encargaron de calentar el ambiente. Su
propuesta es una colisión frontal entre la crudeza del post-punk y
texturas electrónicas que rasgan el pecho. Ross Cullen capitaneó un
asalto sonoro implacable mediante latigazos como “Get Fucked”
o “Bliss”, demostrando que en Belfast el ruido se sigue
fabricando con rabia artesanal.
El público fue llenando el recinto. Aunque no estaba habilitado
completamente, está claro que los de Dublín ya han subido al
siguiente peldaño y las salas medias se les han quedado pequeñas.
Las luces se apagaron y sonó “Sponge” de Vic Chesnutt, que
hizo que el público estallara y dirigiera su mirada hacia un
escenario listo para una noche mágica.
“Tongue” abrió la veda. Hubo momentos en los que la
instrumentación recordaba de lleno a Massive Attack por esa forma de
volcar potencia sonora, luces y actitud sobre las tablas. Grian
Chatten saludó con un simple “¡Hola!” y arrancaron con “Here’s
the Thing”, que aterrizó como un yunque. La iluminación
cegadora y las imágenes en directo sobre las pantallas gigantes
envolvieron al Movistar Arena en una atmósfera casi cinematográfica
y distópica.
El sonido en el pabellón hizo rugir a un público entregado y guiado
por la tensión guitarrera de Carlos O’Connell y Conor Curley,
trazando un recorrido implacable por su discografía. Con “Nabokov”
demostraron la capacidad de la banda para envolver al respetable en
sus sonidos atmosféricos, unidos a los salvajes cambios de registro
en la voz de Chatten, que no dudó en pasearse por la pasarela que se
adentraba en la pista.
Carlos saludó a sus paisanos madrileños con un “Hola Madrid, ¿cómo
estamos?” y la comunión total estalló cuando liberó los acordes de “Boys
in the Better Land”. El pabellón simplemente se fracturó. Fue
un estallido de euforia colectiva, un descorche de adrenalina donde
las banderas irlandesas flotaban sobre una marea de cuerpos
enloquecidos.
Tras un pequeño descanso siguieron con “Marianne” y ese
toque inicial de teclados a lo Depeche Mode que te atrapa desde el
primer segundo, engulléndote en su vorágine vocal y musical.
Mantuvieron la tensión y la épica con “Jackie Down the Line”,
“You Miss Me” y “Roman Holiday” para llegar a uno
de los momentos álgidos de la noche, los acordes de “In the
Modern Love”. Con Carlos delante del escenario marcando el
ritmo con su guitarra mientras Grian arrancaba a cantar y Conor le
arropaba en los coros, el recinto se convirtió en una auténtica
montaña rusa de emociones.
De nuevo Carlos quiso dar las gracias al público y le dedicó la
siguiente canción, “Happy for You”, a su profesora Rosa.
El tema fue subiendo en intensidad y acabó con unos riffs poderosos
que dejaron acoplados y siguieron sin pausa con “Big Shot”.
Hubo tiempo también para la militancia. Un crudo “Free Palestine”
lanzado por Grian hizo rugir de inmediato al pabellón, posicionando
a la banda frente a lo que denunció como un genocidio insoportable.
Vuelta a lo musical, llegó el turno de “Mimesis”. Una
composición con sutiles destellos a New Order que entra como un buen
vino y asienta las bases de lo que estaba por venir.
A partir de ahí, comenzó el bombardeo final para llevarnos a un
desenlace apoteósico con “Bug” y “Favourite”,
con todo el mundo cantando. Justo después afrontaron la
majestuosidad de “Where Is Gone” sin la presencia de
Rosalía, pero la ausencia se convirtió en virtud: la banda ensanchó
el tema con tintes dramáticos, resolviendo el vacío a base de pura
épica instrumental.
Breve respiro. El eco de los silbidos reclamando el regreso. Y
entonces, la traca final. “Japan” funcionó como un chute
de dopamina pura. “I Love You” se desveló como la catarsis
de la noche, una letanía emocional que mutó en furia desatada sobre
un público abducido. Pero el verdadero seísmo llegó con “Starbuster”,
convertida ya en un himno generacional irreversible. El colofón, una
hipnótica “Six Shot Morning”, nos dejó definitivamente
noqueados, flotando en el sudor y el zumbido de una noche
inolvidable.
Al abandonar el pabellón madrileño, con el eco de los amplificadores
aún retumbando en los oídos y tarareando varios de los temas,
quedaba la firme sensación de haber presenciado un concierto
rotundo. Una noche donde la rabia, la melodía y la urgencia escénica
volvieron a encontrar su sitio sobre el escenario gracias a unos
irlandeses que defendieron su nuevo álbum entrelazándolo a la
perfección con sus grandes hits.
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