Michael Jackson fallecía en la madrugada del 26 de junio de 2009
Editorial de IndyRock sobre un gran creador del siglo XX
Michael Jackson No pares hasta tener lo bastante
Por Enrique Novi / IndyRock
Ahora llegarán los carroñeros a poner en duda su talento. Es fácil. Se sucederán las conjeturas acerca de su estado físico y mental para afrontar una gira que –a nadie se le escapaba- estaba destinada a sanear su maltrecha economía, pero también su deteriorada imagen y debía suponer para él un reto personal y una redención artística. Es posible que tras su muerte esté esa brutal presión, aunque también lo es que los conciertos programados en Londres significaran una reconciliación con su propio impulso creativo. Ya nunca lo sabremos. Seguramente no fue en realidad el rey del pop, ni el artista más influyente sino sólo el último ídolo de masas, pero nadie podrá discutir su descomunal talento. Al que se atreva (“se le encumbró por su repercusión comercial pero su música carecía de calidad”) habría que sugerirle que entrara en youtube y le echara un vistazo a sus actuaciones de los setenta cuando pasó de niño prodigio a artista prodigioso como cantante, bailarín y productor, capaz de producir perplejidad en cualquiera que se acercara a ver uno de sus shows. Diana Ross elogiaba su musicalidad, Gene Kelly o Fred Astaire su plasticidad y Quincy Jones su instinto creativo. O a la gala del 25 aniversario de Motown con Thriller ya arrasando el planeta.
Tan cierto es que su talento era indiscutible como que se había convertido en una figura patética, en un tirano megalómano y en un personaje disfuncional arrastrado a una espiral delirante y disparatada a la que llegó por un impulso liberador. El de ser el único dueño de su destino. Y eso incluía su aspecto. No resulta tan difícil de entender si nos atenemos a su dura biografía. Careció de cualquier cosa parecida a una infancia y siendo aún muy niño ya tuvo que aprender a soportar la presión de un padre que buscaba en el talento de sus hijos una vía de ascenso social y económico para toda la familia. Su drama es que al pequeño Michael le sobraba. Y lo empleó para liberarse. Primero del yugo familiar. Más tarde de sus obligaciones contractuales con sus compañías y finalmente de cualquier conexión con el mundo real. Tocó el cielo y quiso más. Comenzaron sus excentricidades y adoptó algunas actitudes que cualquiera calificaría de patológicas. Al final cayó tan bajo que el único camino que podía quedarle solo podía ser ascendente.
Ahora que ha muerto empieza esa senda reivindicativa. Para mí su cumbre musical fue un disco editado por Epic en 1979 llamado Off the wall. Se abría con un llenapistas titulado Don’t stop ‘til you get enough.
Y así fue. Nunca tuvo suficiente.

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