La sala Wagon programaba (vía Houston Party) una nueva visita de los, estos sí británicos, The Psychedelic Furs. Los acompañaban en esta ocasión el cuarteto citado antes. Una batería y un bajo bastante solventes, un guitarrista un tanto hierático pero más que cumplidor en el instrumento y un vocalista carismático y que se manejó a la perfección tanto con las seis cuerdas de su también guitarra (alternaron solista y rítmica o esa sensación me dio) como con las dos de su garganta. Dear Boy son una banda que tiene ya una cierta trayectoria y a los que se nota rodados en el escenario. Si acompañas esto de un puñado de canciones notables y una actitud agradable y entregada pues tienes un aperitivo muy destacable. Demasiado, quizá, luminosos para el post punk (al menos tal y como yo lo entiendo); demasiado, de nuevo quizá, guitarreros para el pop edulcorado actual. Perfectos si la idea es activar la memoria musical y recordar las décadas que nombraba en el primer párrafo. Una lástima que solo los acompañáramos unos pocos —cierto es que tocaron bastante temprano para lo que suele ser habitual en el foro—. Los acompañó además Richard Good añadiendo una guitarra estupenda a la, creo, también estupenda After All. Buen concierto que se hizo corto. Y eso en un grupo que abre a otro, y más si ese otro son los enormes de las pieles sicodélicas, es mucho mucho decir. (...)
FOTOGALERÍA: DEAR
BOY * MADRID SALA WAGON. FOTOS: Juan Francisco
Camacho JFC Fotografía
Grupo invitado de The Psychedelic Furs
(...) Y salieron The Psychedelic Furs. Temprano, tal y como estaba anunciado y sin sorpresas (ninguna) en el setlist. Llevan un tiempo repitiéndolo canción por canción allá dónde tocan. Y sí, se echa de menos alguna que otra. Sister Europe, Imitation of Christ. Por supuesto, Alice’s House. Claro, a mi derecha, siempre se hubiera preferido que Angels Don’t Cry estuviera entre las elegidas. Pero hace bastante tiempo, años en algún caso, que ninguna de las antedichas están entre las seleccionadas. Así que nos tuvimos que “conformar” con Heaven, India, The Ghost in You, Mr Jones, President Gas, Love My Way o, por descontado, Pretty in Pink. Entre otras. Como por ejemplo (y no son en absoluto desdeñables), The Boy That Invented Rock & Roll (Made of Rain es un discazo que probablemente ha pasado injustamente con más pena que gloria), Wrong Train, My Time, No‐One, In My Head, Run and Run, las celebérrimas Until She Comes, Heartbreak Beat o All of the Law. Pero no las “deseadas”. Realmente ni falta que hizo.

Una cosa quedó (ya lo estaba pero bueno) clara: Richard Good (guitarra), Zach Alford (batería), la teclista Amanda Kramer, y el otro guitarrista, Peter DiStefano, son unos musicazos como la copa de un pino. Tim Butler, el hermanísimo y único miembro original (junto con, por supuesto) que queda en los Furs, no necesita presentación ni que yo le alabe el dominio de las cuatro cuerdas. Y si encima Richard Butler une a su siempre preciosa voz, que canta ahora, a los casi setenta años, mejor que nunca… Pues solo nos queda que tengan buenas canciones que defender. Y de eso la banda siempre ha tenido un montón. Solo detallitos como que la sala no hubiera estado a la altura o que hubiera fallado el sonido habrían podido empañar una nueva noche mágica. Y no lo hicieron en absoluto. En conjunto me atrevería a decir que fue un concierto absolutamente impecable en todos los aspectos.
Los Butler entregadísimos y simpatiquérrimos; Good y DiStefano dando rienda suelta al tremendo dominio que tienen de su instrumento; Kramer manteniendo todo el entramado y más con la ausencia de saxo; y la increíble pegada de Alford. Y la elegancia y el saber estar y el transmitir y divertir divirtiéndose. Una noche especial, una noche maravillosa. Canciones que se hacen cortas. Músicos que se medio mezclan con el público. Sonrisas cómplices. Toallas empapadas que vuelan para ¿delicia? de algún fan. Público de edad casi provecta rejuveneciendo a ojos vista con cada acorde, con cada recuerdo. Lo mejor de todo es que no hubo para nada una oda a la nostalgia. Ya digo que las canciones más modernas de los londinenses no palidecen al lado de los grandes clásicos y lo que sí que se echó de menos (más allá de hits puntuales) fue que el concierto durara cuatro o cinco horas.
The Psychedelic Furs están en una esplendorosa buena forma, por más que sorprenda dada la trayectoria que tienen. Cuarenta y cinco años después de su debut siguen siendo capaces de emocionar como aquel primer día, tal vez no con el mismo filo pero sí desde luego con la misma esencia: la de las canciones que no envejecen, la de la dignidad y la elegancia (otra vez) eternas.












































































































































