Vídeo, fragmentos, cedido por la organización del festival
(...)
No necesita grandes escenarios ni carteles interminables. Su
atractivo está precisamente en otra parte: conciertos gratuitos, un
escenario rodeado por las cumbres de Sierra Nevada, temperaturas que
permiten escapar del calor de agosto y una programación en la que
veteranos de la escena independiente comparten espacio con bandas
emergentes. Todo ello con un público especialmente heterogéneo,
donde conviven seguidores históricos del rock, jóvenes aficionados y
familias enteras.
La edición de 2026 volvió a plantearse como un recorrido por
diferentes formas de entender la guitarra eléctrica. Del garaje y la
psicodelia del viernes al punk y la nostalgia mod del sábado,
seis
bandas construyeron dos noches muy diferentes pero unidas por una
misma actitud: tocar sin demasiados artificios y dejar que las
canciones y el directo hagan el resto.
Del rock granadino al veterano sonido de Sex Museum
El viernes 21 fueron los granadinos
D’Baldomeros
quienes tuvieron la responsabilidad de abrir el festival. La banda
volvió a demostrar la vitalidad de una escena local que continúa
generando proyectos capaces de moverse sin complejos entre
diferentes territorios sonoros. Su rock incorpora elementos
electrónicos y una visión contemporánea que sirvió como punto de
partida para una noche que después viajaría hacia sonidos mucho más
arraigados en la historia del rock independiente español.
Después llegó uno de los grupos que mejor ha sabido convertir la
música instrumental en una auténtica experiencia de directo.
Los
Coronas llevaron a la montaña su particular universo de
surf rock, ecos fronterizos, guitarras cinematográficas y espíritu
de carretera. Una música que parece concebida para paisajes abiertos
y que encontró un escenario especialmente apropiado entre las
montañas de Sierra Nevada.
El grupo madrileño lleva décadas demostrando que no hacen falta
voces para construir canciones capaces de mantener al público
pendiente del escenario. Guitarras, ritmos que remiten al surf
estadounidense, rock fronterizo y aromas de banda sonora conformaron
una actuación que preparó el terreno para el cierre de la primera
jornada.
Y ese cierre correspondió a
Sex Museum, uno de
esos nombres imprescindibles cuando se reconstruye la historia del
rock underground español desde los años ochenta hasta nuestros días.
La banda madrileña volvió a desplegar la intensidad que ha
convertido sus conciertos en una de sus principales señas de
identidad.
Garaje, psicodelia, hard rock y una actitud que permanece intacta
después de décadas sobre los escenarios. Sex Museum pertenece a una
generación que convirtió los pequeños clubes y las salas de
conciertos en su territorio natural y que ha sobrevivido a modas y
cambios de industria gracias a una relación directa con el público.
En Sierra Nevada volvieron a demostrarlo con un concierto físico y
poderoso que puso punto final a una primera jornada dominada por las
guitarras.
Un sábado punky y la nostlagia mod
Si el viernes había transitado por el garaje, la psicodelia, el surf
y el rock fronterizo,
la segunda jornada endureció el
sonido y apostó por el punk rock y la nostalgia mod.
A las nueve de la noche comenzaron a sonar las guitarras de
Blanca
Adelfa. El jovencísimo trío local abrió fuego con descaro
y frescura, mostrando esa renovación generacional que periódicamente
aparece en Granada y mantiene viva una escena musical que parece
negarse a perder capacidad para producir nuevas bandas.
Su mezcla de punk, power pop y grunge fue también una declaración de
intenciones para una jornada en la que las nuevas generaciones no
estaban únicamente sobre el escenario. Entre el público había
numerosos niños que horas antes habían participado en los talleres
musicales organizados por el festival, donde pudieron acercarse a
instrumentos como la guitarra, el bajo o la batería.
Ese es uno de los elementos que explican la singularidad de Sierra
Nevada Por Todo lo Alto.
Aquí el rock funciona también como
actividad familiar. Padres que crecieron escuchando punk,
garage o música mod acuden ahora acompañados de sus hijos, y las
canciones que hace décadas pertenecían a una determinada generación
encuentran nuevos oyentes frente al mismo escenario.
Brighton 64, una despedida con historia
El componente emocional de la noche llegó con
Brighton 64.
Los hermanos Albert y Ricky Gil regresaban a Granada casi tres
décadas después de su anterior actuación en la ciudad, en 1997, y lo
hacían además en circunstancias especiales.
Los barceloneses han emprendido su despedida definitiva de los
escenarios con la gira
Se traspasa, y Sierra Nevada se
convirtió en su única parada andaluza. Había, por tanto, mucho de
reencuentro y también de despedida en un concierto que reunió frente
al escenario a distintas generaciones.
Brighton 64 forman parte de la memoria esencial de la escena mod
española surgida a comienzos de los ochenta. Pero su actuación en
Pradollano estuvo lejos de convertirse únicamente en un ejercicio de
nostalgia.
La banda demostró encontrarse en plena forma,
con un directo enérgico, elegante y apoyado en canciones que han
sobrevivido al paso del tiempo.
Sonaron piezas como
Bola y cadena y, naturalmente,
La
casa de la bomba, uno de esos temas asociados inevitablemente
a la historia del grupo y a toda una época de la música
independiente española. Fue uno de los momentos más celebrados de la
edición y también uno de los más emotivos: una despedida que, por
momentos, parecía más una fiesta que un adiós.
Bala, demolición en las alturas
Y después de la elegancia mod llegó la demolición.
El cierre de la XVI edición quedó en manos de
Bala,
el dúo gallego formado por Anxela Baltar y Violeta Mosquera. Dos
músicas, guitarra y batería, suficientes para levantar una auténtica
muralla sonora sobre Pradollano.
Bala representa una concepción del rock basada en la intensidad.
Punk, grunge, hardcore, stoner y metal se mezclan en canciones que
adquieren sobre el escenario una dimensión todavía más contundente.
No necesitan grandes estructuras instrumentales: guitarra, batería y
voces construyen un sonido enorme, abrasivo y físico.
Su actuación dio la última vuelta de tuerca que necesitaba el
festival. Tras la apertura juvenil de Blanca Adelfa y el viaje
emocional de Brighton 64,
Bala convirtió la Plaza de
Andalucía en una descarga de distorsión y energía. Su
punk transgresor, denso y extremadamente potente terminó de
despertar a quienes todavía guardaban fuerzas después de dos
jornadas de conciertos.
No dejaron pie con cabeza. El público respondió con brazos en alto
mientras la batería golpeaba y la guitarra levantaba una pared de
sonido que parecía especialmente contundente en mitad de la noche
serrana. Era el final que pedía una edición que había ido aumentando
progresivamente la intensidad hasta desembocar en la descarga del
dúo gallego.
Rock, montaña y nuevas generaciones
Sierra Nevada Por Todo lo Alto ha encontrado una fórmula propia.
Durante el día, la montaña y las actividades familiares; por la
noche, amplificadores, guitarras y baterías. Los talleres musicales
gratuitos permiten además que los más pequeños tengan contacto
directo con los instrumentos y comprendan que detrás de las
canciones hay músicos tocando, ensayando y construyendo sonidos.
Y quizá ahí estuvo una de las imágenes que mejor resumen esta
decimosexta edición:
niños bailando punk mientras sus
padres asistían a conciertos de grupos que forman parte de su
propia memoria musical.
El relevo generacional representado por Blanca Adelfa y D’Baldomeros
convivió durante el fin de semana con la experiencia de Sex Museum,
Los Coronas y Brighton 64 y con la poderosa realidad presente de
Bala. Seis maneras diferentes de aproximarse al rock para un
festival que continúa huyendo de etiquetas demasiado cerradas.
A más de 2.000 metros de altitud, con Pradollano convertido durante
dos noches en una pequeña plaza del rock independiente,
Sierra
Nevada Por Todo lo Alto volvió a demostrar que no necesita crecer
desmesuradamente para consolidarse. Su fuerza está
precisamente en mantener una escala humana, mezclar generaciones y
entender la música como parte de una experiencia diferente en la
montaña.
Tres mil personas despidieron la edición de 2026. Algunas llevan
décadas escuchando rock. Otras apenas están descubriendo lo que
ocurre cuando alguien conecta una guitarra a un amplificador, golpea
una batería y sube el volumen.
El sábado, en Sierra Nevada, los niños bailaron punk. Quizá no haya
mejor manera de asegurar que la historia continúa.